UN VERANO CON LIBROS por Alfredo Lavergne

Jan 23rd, 2009 | By Libros de Mentira | Category: Noticias

[Con agrado recibimos la reseña publicada por Alfredo Lavergne, poeta y ensayista chileno, sobre “El verano sin verano” de Camilo Marks perteneciente a la colección Librosdementira. A continuación el artículo íntegro.]

Por Alfredo Lavergne

Antes que termine este año 2008 de verdades y mentiras, deseo invitarlos al portal real de libros de verdad gratuitos www.librosdementira.org y en especial, a la lectura del “becado-premiado” por el jurado de Creación Literaria del Fondo del Libro (diciembre 2008), “El Verano sin verano” del escritor, abogado de Derechos Humanos y crítico literario Camilo Marks.

“El verano sin verano” no es mejor ni peor que “La sinfonía fantástica”, así como tampoco supera a las narraciones anteriores de Camilo Marks, todas distintas, todas parecidas a su letra, en todas ellas se muestra entero y cuando quiere, sabe ocultar l’état chantant, en cada una emplea un registro distinto, pero muy su tacto literario. Aquí, yo diría que está una especie de música de cámara, al estilo de Schubert, al igual que lo estuvo en “La dictadura del proletariado”; en la última novela hay un registro sinfónico, bueno, el nombre lo dice todo, el mismo que empleó, en escala menor -digamos, una sinfonía de Berlioz o Mahler versus una de Mozart- en Altiva música de la tormenta. Nunca será un bestseller y me alegro por él y por nosotros lectores. Es mejor que no esté acompañado de “secretos”, de confesiones y fantasías sexuales de hombres y mujeres, de manuales de aromaterapia, de feng shui, reiki, de los panfletos periodísticos sin ninguna gracia del un tal Contardo, un tal Santiago bizarro, un tal Villegas, de los dramones judiciales de Grisham. Camilo Marks es, y perdonen la pedantería de otros, tal como lo dijo Stendhal, para los happy few, o como el brillante filósofo que hizo la crítica en El Mercurio, para leerlo in between.

Preferiría, tenerlo en forma de libro.

“El verano sin verano” no tiene ningún punto de comparación con los demás de librosdementira. Y al decir esto, no estoy descalificando o, por el contrario, elevando el nivel de los demás. Simplemente es un relato aparte, que, a mi juicio, tal vez no debió publicarse en esta colección. De algún modo difícil de precisar, es como echarle mermelada de damascos a los porotos. Los trece relatos que le preceden van de lo bueno (El hijo de Laura, Galope y Microcuentos) a lo mediocre, y, en cierto modo, tienen algunas diferencias entre sí, presentan la originalidad o individualidad de sus autores (lo de originalidad es una falacia, porque de eso hay cero en lo que hoy por hoy se escribe en Chile) y, claro, tal como se ha dicho, dan un cierto panorama, en tono menor, de lo que es hoy la narrativa en nuestro país.
¿Y cuál es el resultado de la lectura de esos trece primeros librosdementira? Son similares, casi todos parecen haber sido escritos por la misma persona, hay escasísima singularidad, poca inventiva, un tono general apático, abúlico, estreñido, como si a los autores escribir les resultara un trabajo cuesta arriba, como si fueran escritores del mismo modo en que a alguien le toca ser funcionario de la oficina de partes del Ministerio de Educación, como si tuvieran que publicar un libro porque, mal que mal, eso daría glamour (aunque hoy, en Chile, se publica muchísimo, pero muchísimo más de lo que se lee).

“El verano sin verano” es otra cosa, algo radicalmente distinto. Las historias en apariencia simples son mucho más complejas y se dejan leer con unité artistique. Puede leerse meramente como un buen relato, bien escrito, bien desarrollado y como real de fin de año, todos podemos encontrar aspectos que nos han afectado, de una u otra manera, en el pasado reciente de nuestra historia. El fraude, la mentira, el engaño y también la búsqueda de la verdad detrás de todas las máscaras que la han ocultado, porque hay tantos, tantísimos poderes interesados en que nunca sepamos la verdad de las verdades.

* Camilo Marks el crítico, recomienda para nuestro verano, los “Cuentos Reunidos” de Gonzalo Contreras (Editorial Andrés Bello, $ 11.900). – Es un espléndido libro, sin una sola falta, con meticulosa y esmerada preparación, digna del contenido-.

Reseña vía La cita trunca

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  1. Me parece un buen proyecto el de libros de mentira, es muy loable y de verdad los felicito. Lo del concurso también estuvo bien y sin duda es una idea original, fresca y que le hace bien a la literatura nacional. Sin embargo, comentarios como esta reseña me parece que son todo lo contrario. Y en realidad no entiendo por qué lo publican, y más encima dicen que lo hacen “con agrado”…
    De verdad no entiendo.
    ¿Lo hacen con agrado porque el tipo se dio el tiempo de recomendar un texto del sitio? ¿porque habló bien del sitio? Pero ¿qué pasa con el resto del contenido de la “reseña”?

    Citando al mismo Marks, para que no nos vayamos tan lejos, unas de las principales características que tiene que tener alguien que haga “crítica o reseña literaria”, es que debe escribir bien. “Y en lo posible mejor que el criticado”, dijo Marks en una entrevista. Y yo agrego: MÁS AUN cuando la crítica es negativa, porque en el fondo, como autor, ¿qué mierda me va a interesar una crítica sobre mi libro si el autor de ella ni siquiera sabe cuándo va una coma y cuándo no?
    En el fondo se desacredita. Pierde valor y peso. Y termina dando lo mismo.
    Después podríamos dar más características, pero creo que ésta, la nombrada recien, me parece fundamental. Por lo menos para comenzar a discutir. Y el problema de esta reseña, y aquí lo uno con mi pregunta de por qué la publicaron “con agrado”, es que está mal escrita y que el reseñista tiene el descaro de criticar a la literatura chilena, más encima generalizando, y dando unos argumentos de octavo básico.
    De hecho, ni siquiera vale la pena discutir sobre la reseña. Es una reseña estúpida, facilona, mal, muy mal escrita, y llena de lugares comunes y de argumentos que se caen con solo detenerse un momento en ellos.
    Cito a la pasada: “[Camilo Marks] Nunca será un bestseller y me alegro por él y por nosotros lectores. Es mejor que no esté acompañado de [...] los panfletos periodísticos sin ninguna gracia del [sic] un tal Contardo…”.
    Habrá leído “La era ochentera” y “Siútico”? Panfletos periodísticos? a qué se refiere? de qué mierda está hablando? Oscar Contardo convierte un reportaje periodístico en una radiografía de un país, con humor y soltura, y borra las fronteras entre el periodismo y la literatura…En fin, podríamos estar un buen rato hablando de la prosa de Contardo, de su precisión a la hora de reportear y de un sin fin de elementos, pero no sigamos. ¿Para qué? Solo quería dar esa pequeña muestra. Aunque pensándolo bien, es bastante siútico el autor de la reseña. Aquí una frase de regalo: ” y se dejan leer con unité artistique”.
    Pero vuelvo al tema que importa: ¿Por qué publican una reseña como ésta? ¿Sólo porque en una línea los menciona? ¿O porque habló bien de un texto que aparece en el portal?
    O sea, ok, vamos, está bien. Habló bien de 1 texto, ¿pero a cambio de eso hay que dejarlo que lance comentarios superficiales sobre los demás textos? ¿Que todos los textos son similares? ¿Qué tiene que ver Zambra con Fuguet? o ¿Gumicio con Eltit? Yo no tengo idea. Por favor díganmelo ustedes, que aceptaron publicar esto… porque el autor quizás con qué lugar común saldrá.
    Utilzar la palabra “originalidad”, como lo hace el reseñista, después de Pierre Menard, sólo significa dos cosas: O que no lo ha leído, o que no lo entendió.
    Ojo con lo que publican. Porque en el fondo dejan que este reseñista lance lugares comunes en contra de varios textos publicados que, conjeturo, a ustedes debieron haberles parecido buenos… por algo los publicaron, ¿no? Y no digo que no se publiquen críticas negativas sobre los textos. Al contrario, bienvenida sean, pero ojo, críticas, y bien escritas, no reseñas como éstas, que, más encima, no tiene una mejor forma que terminar recomendando… !!!los cuentos de Gonzalo Contreras!!
    “Oh Colibrí” es notable, pero el resto, parafraseando al “ensayista y poeta chileno”, carecen de singularidad e inventiva.
    Aunque al parecer era la única forma de terminar una reseña como ésta. La postal perfecta. Nada más.

  2. El sujeto que escribe las líneas anteriores se parece peligrosamente a los miembros de dos organismos de seguridad ya disueltos: la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y la Central Nacional de Informaciones (CNI), esto es, las policías de seguridad del régimen de Pinochet. Porque está proponiendo, nada más ni nada menos que censurar, borrar lo que no es de su gusto, eliminar de la faz de la tierra aquello (y a aquellos) que puede (n) resultar contrario (s) a sus intereses, tendencias, ideologías, creencias. Todo el espíritu y el contenido de este comentario expresa lo siguiente: la reseña me produjo un desagrado profundo y por ese motivo fundamental, no debió publicarse. O: me apesta y rechazo visceralmente lo que se escribió y por lo tanto no pudo jamás ver la luz del día. Declaraciones como “en realidad no entiendo por qué lo publican”, “En verdad no entiendo”, “¿Lo hacen con agrado porque el tipo se dio el tiempo de recomendar un texto del sitio?”, “¿porque habló bien del sitio?”, “Ojo con lo que publican” y otras similares que se repiten hasta el cansancio, una y otra vez, para luego pasar a la grosería burda -”dando unos criterios de octavo básico”, “estúpida”, “facilona”- constituyen puros y simples insultos y si, como en este caso, van acompañados del anonimato, son insultos cobardes y terroristas o, para no darles tanta importancia, pataletas de niñito rabioso que reacciona rompiendo las cosas. En este caso, se trata de berrinches causados por el fastidio de un texto que él quiere hacer desaparecer. Y nada resulta más fácil que calumniar, menospreciar, desacreditar como fruto del mal humor llevado al extremo que se muestra aquí. Sin embargo, aunque existan miles de razones para que un texto no nos agrade, nada justifica atacar personalmente a su autor ni, mucho menos, hacerlo por medio de injurias.
    En el cuarto párrafo, mientras prepara una nueva embestida de ataques personales, el censor realiza una curiosa afirmación: “De hecho, ni siquiera vale la pena discutir sobre la reseña”. Sin embargo, más de los tres cuartos restantes de su artículo continúan “discutiendo la reseña”, es decir, prosiguen descalificando, denostando, vituperando. Por supuesto, los insultos no necesitan justificativos ni razones, ya que son solamente eso: patanerías, descomedimientos, improperios. Si le saco la madre a alguien a título de nada no es porque lo encuentre feo o tonto, sino por mi falta de control, manifestada en un súbito arranque de mal genio o si largo una obscenidad gratuita no se debe al exceso de calor, sino a mi completa ausencia de educación.
    Y a propósito de educación y cultura, en este caso gramaticales, el inspector policial habla de comas y él mismo comete tantos errores de puntuación y acentuación, acompañados de otros peores, a los que deben agregarse faltas en los apellidos (españoles y conocidos) de los escritores que cita, así como tantas reiteraciones en el mal uso de los signos exclamativos e interrogativos, que es muy recomendable que refrene su ira cuando, por ejemplo, se formula la bellísima y elegante pregunta: “¿qué mierda me va a interesar una crítica sobre mi libro si el autor de ella ni siquiera sabe cuándo va una coma y cuándo no?” Dicho sea de paso, esta formulación es, además de la sublime inquietud que encierra, incorrecta y tautológica.
    El matón habla de argumentos de octavo básico, de lugares comunes, de argumentos que se caen (en verdad, tiene poco vocabulario), etc., pero no contraargumenta, no entrega información nueva o adicional que ilustre sus insolencias, en ningún momento aporta información y, desde luego, conocimientos que iluminen sus puntos de vista, que entreguen sus opiniones sobre los autores que menciona (con excepción de Óscar Contardo), que revelen facetas acerca de sus lecturas, en fin, que nos entreguen sus ideas sobre la literatura y cuáles son los motivos por los que está en desacuerdo con la reseña en cuestión. En realidad, sus palabras son un listado de afrentas. Quizá ello sea inevitable en un artículo que consiste, en un ciento por ciento, única y exclusivamente en proferir ofensas y agravios.
    Naturalmente, podemos diferir por completo de Lavergne, pero, de partida, no gritonea ni insulta. Emite opiniones, tal vez discutibles, pero está a años luz de calificar como imbéciles a autores y autoras que pueden parecerle de valor relativo e incluso se cuida de tratar con respeto a todo el mundo. No es el primero ni el único que ha descrito a la literatura chilena del presente como más bien gris y uniforme, pero si lo fuera y si así le parece, no llega y larga que Perico es un tarado, que Federica una idiota, que Pepito un cretino. Por lo demás, su reseña es bastante breve y si se extralimitó en alabar el cuento de Camilo Marks en perjuicio de los otros, seguramente cometió un error; los errores, sin embargo, se discuten o se debaten mediante afirmaciones que demuestren que son eso: errores, inexactitudes, equivocaciones, desaciertos, defectos. Y no con andanadas que repiten y repiten insultos y menoscabos. Sin duda, su apreciación del último libro de Contardo puede ser incorrecta, pero ello no puede servir de base para volver a lanzar epítetos y alabar sin reservas, de forma machacona, una crónica que ha sido celebrada por moros y cristianos. En ese fanatismo de lo que al agente policial que fanfarronea con tozudez, mientras no cesa nunca de insultar, se exhibe veladamente la aseveración: lo que a mí me parece bien es lo que vale y lo demás es una porquería (el matón, claro, emplearía otras palabras). Con todo, está muy bien defender una obra que a uno le parece de calidad -sin injuriar, claro está-, aunque, ineludiblemente, el calumniador solo puede sacar a colación a Óscar Contardo. ¿O también le parecen excelentes “El secreto”, de Rhonda Byrne, los manuales de aromaterapia, feng shui, reiki, las confesiones y fantasías sexuales de hombres y mujeres, etc.?
    Y por último, o, para deleitarnos con un lugar común literario que todos conocen, pero que con certeza al vigilante policíaco le horrorizaría, last but not least, el anónimo autor de la avalancha de insultos precedente no parece haber leído el texto de Lavergne y, si lo hizo, no entendió nada. Porque al final de su reseña, Alfredo Lavergne NO recomienda los “Cuentos reunidos” de Gonzalo Contreras, sino que, en nota aparte, se limita a indicar que el crítico Camilo Marks los ha elogiado, agregando unas líneas de su crónica, la editorial y el precio del libro. Demás está decirlo, esta recomendación, que el calumniador cree que proviene de Lavergne, cuando es de Marks, le sirve para lanzar nuevos dictámenes, esta vez contra Gonzalo Contreras y, para variar, prosigue con las advertencias acerca de lo que publican, contra los lugares comunes, con lo que él entiende por “críticas, y bien escritas”, y, por supuesto con el insulto final de la postal perfecta, de la cual Lavergne no es el autor.

  3. En el fondo, mi querido Ernesto, lo que molesta es que se ataque a la narrativa chilena de forma tan gratuita como lo hace el reseñista. Sólo eso. Obviar la obra de Zambra, Eltit, Gumucio y Marín, entre otros, me parece mal, simplemente porque creo que cualquier lector atento sabe que ahí hay buena literatura. Ok, podemos diferir en gustos, pero decir por ejemplo “(lo de originalidad es una falacia, porque de eso hay cero en lo que hoy por hoy se escribe en Chile) ” o “Son similares, casi todos parecen haber sido escritos por la misma persona, hay escasísima singularidad, poca inventiva, un tono general apático, abúlico, estreñido, como si a los autores escribir les resultara un trabajo cuesta arriba, como si fueran escritores del mismo modo en que a alguien le toca ser funcionario de la oficina de partes del Ministerio de Educación”, me parece que es más que cuestionable y daña a la literatura en general. O sea es cierto, esto a casi nadie le importa. De hecho, probablemente este artículo no lo hayan leido muchas personas porque simplemente ya casi nadie lee, pero por lo mismo, como es algo tan reducido, molesta que alguien venga a lanzar críticas sin fundamentos. Sólo eso, Ernesto, y no era en tono de CNI ni mucho menos. Y tampoco se trata de apoyar la literatura chilena, no, nada de eso, pero hay que saber que acá sí hay cosas que valen la pena. Es cosa de leer “Memorias prematuras”, “Bonsái”, “Un animal mudo levanta la vista”, “Lumpérica” o alguna novela de la saga de Heredia, para saber que sí hay calidad, y que los autores, de alguna forma, sí son originales. Aunque nunca entendí a qué originalidad se refería el reseñista.
    Y lo de censurar: Desconcierta comenzar a leer un texto que dicen que es un agrado publicar y encontrarse con esto. Por eso. Los chicos del sitio son libres de publicar lo que quieran, yo sólo les digo que pongan ojo en qué publican sobre todo en términos de calidad. Ya sea calidad formal como calidad de contenido. Porque, me imagino, la idea de todos es que se hagan cosas de calidad, ¿o no?
    De hecho lo dije en el comentario: “Y no digo que no se publiquen críticas negativas sobre los textos. Al contrario, bienvenida sean, pero ojo, críticas, y bien escritas”… y supongo que casi todos entendemos qué es una crítica bien escrita, ¿no?. Es cosa de mirar tu comentario, Ernesto: sólo criticas mi texto, pero casi no hablas de la reseña. Y conjeturo que es porque tú tampoco consideras que sea un buen texto, ¿o me equivoco?
    Y finalmente me responsabilizo del tono. Era un tono de alguien caliente y molesto y pendejo, pero no me nació de la gratuidad. No empecé a leer el texto pensando en criticarlo. No. Comencé a leerlo y me fui calentando a medida de que “las críticas sin argumento” aparecían. Y me caliento porque me gusta la literatura y porque creo que comentarios como éste le hacen más daño que otra cosa. Porque imagínate que una persona entra y lee este texto. Ok, podría quedar con ganas de leer el texto de Marks, pero, si le hace caso a la reseña, obviaría los demás cuentos porque el reseñista dijo que la narrativa chilena tenía “poca originalidad”, cuando eso, al momento de leer a Fuguet, Costamagna o Gómez (por citar a otros autores que están en el sitio), es algo erróneo. Cosa de leer los cuentos que están disponibles en el sitio. Leer para creer. Eso es todo.

    Saludos, Ernesto!

  4. La actitud de Diego me parece amenazadora, tanto exasperarse por unas cuantas líneas escritas por el “franchute” generan sospecha -y bajando el tono- una escrupulosa sensación de puñalada o lío de faldas: “Es una reseña estúpida, facilona” nos advierte el sanguíneo lector, aspirante a tinterillo de las letras chilensis.
    En cuanto a los juicios de Lavergne, sobre “falta de originalidad, apatía y abulia” en las letras de la finis terrae, tendremos que esperar otros comentarios para observar con mayor profundidad, el desarrollo de las preferencias y críticas en su reflexión y concepciones estéticas.
    Entonces, el tema no es la certeza o error de esos juicios literarios, la trama de fondo es que tienen derecho en sí mismos a publicarse, a ser leídos y comentados como lo ha hecho usted. Lo que no es soportable, ni sostenible, es su incipiente vocación censuradora, bajo el argumento del daño probable que provocan.
    En mi opinión, la literatura chilena necesita de plumas desenvueltas, desembarazadas de compromisos infantiles, ligados a un cierto estado de compleja disciplina, invisibilizada en los contubernios del mercado, los fondos asignables, los concursos con nombre y apellido.
    Lavergne, en sus crónicas nos expone ante un espejo incómodo, lo hace con la libertad del retornado, lo hace con la simpleza del niño que en el cuento dice “el rey está desnudo”.

  5. A Diego:

    Estimado, nos agrada sinceramente que alguien se tome la molestia de criticar un “librodementira” y, por cierto, también nos gusta que se abra el debate sobre la calidad de la literatura nacional de hoy.

    Te recordamos que puedes envíarnos artículos y críticas si es que lo deseas.

  6. ¿Qué pasó con mi comentario? ¿Lo censuraron? Creo que, en realidad, deben darse tiempo para leer lo que escribe cualquiera persona que decide insultar y lanzar groserías porque le da la gana, antes de publicar TODO lo que les mandan, y hacerlo de inmediato, en el acto, de modo que no hay ningún control de lo que puede aparecer en este sitio. Como sea, me extraña esta misteriosa desaparición.

  7. Hemos sufrido un pequeño desperfecto técnico, lo que nos hizo perder los comentario desde el 15 de febrero en adelante en todos nuestros artículos.
    Ya han sido recuperados los comentarios.

  8. No me había referido de nuevo a los improperios del señor que dice llamarse Diego y bien puede ser un sobreviviente de la Gestapo o de la DINA. Me desagrada que un sujeto así se dirija a mí en términos afectuosos, porque yo no siento ni he sentido jamás aprecio por esta clase de personas.
    Además, el policía insiste en la calidad de la actual literatura chilena, algo sacrosanto que Lavergne parece haber profanado. Es muy gracioso que hable de Zambra, Eltit, Marín o Gumucio -cada uno de ellos se parece tanto entre sí como un gato con una ballena- como si estuviera mencionando a Shakespeare, Molière, Cervantes, Homero, Esquilo, Sófocles, Terencio, Virgilio, Plauto, Dante, etc. Me estoy refiriendo a escritores que llevan más de dos mil años en cartelera y, en el caso de los más “jóvenes”, unos cuatrocientos, porque, eso lo ha dicho Marks cientos de veces, pero también lo sabe un estudiante de literatura elemental, el valor de los escritores y escritoras se mide en mil, quinientos, cien, en el peor de los casos cincuenta años.
    Pero lo peor de todo es que quien dice llamarse Diego declara, con total naturalidad, que se calentó, que se molestó y que escribió en calidad de pendejo. Con ese predicamento, mañana voy y asalto a una anciana porque me irritó, secuestro a un niño y pido rescate porque sus padres me caen mal o incendio un edificio porque soy pendejo. Esa es, exactamente, la lógica de este señor y no otra.
    Por desgracia para nosotros, en nuestra pequeña republiquita de las letras hay demasiadas personas como este individuo anónimo: envidiosos/as, resentidos/as, ignorantes, mal hablados, mal pensados, de pésimos modaldes y que, por si fuera poco, escriben pesimo. Yo no sé con qué letra pudo criticar el excelente texto de Lavergne alguien que balbucea, temblequea, da tiritones con el lenguaje y demuestra no conocer siquiera el significado de las palabras.
    En el caso de Camilo Marks, aparte de sus dotes de narrrador demostradas en tres brillantes libros, no logro entender cómo tiene la paciencia de escribir todas las semanas, habiéndose especializado, a la fuerza según informaciones que obran en mi poder, en literatura chilena. Es sencillamente heroico, es exponerse a la inquina y el chaqueteo, el odio solapado, el ataque anónimo. Claro que casi todo proviene de esta fuente de terrorismo donde cualquiera puede decir lo que quiere sin responsabilizarse de ello: la internet. En ese sentido, es igual al basurero de “The Clinic”.
    En la sección correspondoiente, voy a volver a felciitarlos por haber tenido la suerte de contar con un profesor que hizo posible el contacto y la elección de los autores y que, por si fuera poco, les regaló el mejor relato de la colección.

  9. Leí todos los cuentos y, claro, el que más me gustó fue “El verano sin verano”, de Camilo Marks, como parece haber sido el caso de la mayoría de las personas que han leído la colección. Y en lugar de escribir un comentario en la parte respectiva, al encontrarme con este curioso intercambio comencé a hacer recuerdos y reflexiones en torno a lo que era y es hoy la cultura en Chile. Y, sobre todo, con respecto al nivel de las discusiones literarias en comparación con el pasado. Sucede que, hace muchísimo tiempo, no voy a decir cuánto para no caer en indiscreciones, conocí a Camilo Marks, cuando él estudiaba Derecho y yo era -soy todavía- una panameña que obtuve el título de ingeniero comercial en la Universidad de Chile. Estoy hablando de cuando ambos teníamos entre 18 y 24 años años, imagínense por favor el tiempo, y resulta que ahora, al fin, lo veo haciendo lo que siempre le gustó: sigo sus programas de televisión, leo sus críticas y he podido conseguirme un par de sus libros. Vivo ya hace varias décadas en mi ciudad nativa, Ciudad de Panamá, me casé con un chileno, ingeniero civil, tengo dos hijos y dos nietos, pero en esos hermosos años Camilo fue mi mejor amigo y compañero y nunca olvidaré la cantidad de cine que vimos juntos, la cantidad de libros que conocí gracias a él.
    Me parecen muy agresivas las opiniones del señor que dice llamarse Diego en relación con el artículo del escritor Alfredo Lavergne, con quien estoy muy de acuerdo. Mi opinión es, claro, bastante superficial, porque desconozco la literatura chilena de hoy y llegué hasta José Donoso. En general, me parece que los demás cuentos son correctos, algunos algo más que correctos, quizá haya un par que posea un nivel más que meritorio. Sin embargo, son todos más o menos parecidos y al final queda flotando una impresión de vaguedad, indecisión, indiferenciación, en resumen, resulta muy, pero muy difícil recordarlos. Repito: no sé nada de lo que pasa en la literatura chilena actual, pero el único relato de esta colección que me quedó grabado a fuego es “El verano sin verano”. Tal vez sea el más clásico de todos, el más convencional, el que usa las fórmulas más repetidas de una narración más o menos breve. Pero engancha, atrapa, y tiene un final de miedo, como sé que ahora se dice por allá.
    Don Diego se justifica, ante don Ernesto Parra, aplicándose a sí mismo los calificativos de pendejo y caliente, lo que me parece una grosería y un absurdo. Si a mí no me gusta algo, no puedo llegar y decir que la persona que escribe eso es un morón, un cretino, un retardado mental. Eso es un ejercicio punitivo gratuito y, además, anónimo, por lo tanto, muy cobarde. Sin embargo, lo peor de todo es que revela el lamentable estado de cosas al que hemos llegado con respecto a las discusiones políticas, literarias, culturales. Por desgracia, en Panamá la realidad es peor, mejor dicho, muchísimo peor, ya que fuera de una televisión y una prensa deplorables, no tenemos crítica literaria y apenas hay una escuela de literatura que merece ese nombre en toda la capital. Así y todo, hay buenos escritores y escritoras, aunque me atrevo a decir que, como siempre, Argentina, México, Perú, Uruguay y Chile nos llevan la delantera.
    Desgraciadamente, en los felices años en que viví en ese país inolvidable que es Chile, había un nivel intelectual muy superior al que se advierte, por ejemplo, en los vituperios de Don Diego. Además, parece no darse cuenta que, como lo he leído en la prensa de allá y como creo que Uds. mismos lo han dicho, la persona que les guió en esta recopilación fue, precisamente, Camilo Marks. Ahora, si resulta que él escribe un relato que, a mi juicio y el de otros es el mejor, eso no es culpa de él ni mucho menos de don Alfredo Lavergne, quien lo reseña favorablemente. En fin, en medio de la alegría que me produjo leer el cuento de Camilo, y debo insistir que también en medio de la saludable satisfacción de conocer un panorama de la narrativa actual de Chile, me da una profunda pena comprobar que hay gente escudada en el anonimato y la impunidad para menospreciar y descalificar. Si ésa es la tónica general de los debates literarios actuales, es una lástima, porque antes tenían muy buen nivel, mucho humor, mucha humanidad. Comparto además los juicios de don Ernesto Parra con respecto a la revista The Clinic. La he leído muy pocas veces y la encuentro de una vulgaridad atroz, de una calidad patética, soez, pornográfica, genital, torpe. Me dicen que es un éxito. Bueno, en su época también lo fueron las revistas escandalosas y sensacionalistas norteamericanas Confidential o Sub Rosa y nadie, absolutamente nadie se acuerda de ellas.
    Finalmente, los felicito por la iniciativa. A mí me servirá mucho, a mis hijos también y espero suceda lo mismo con mis nietos.

  10. El sujeto que escribio el segundo comentario es Camilo Marks, el pobre esta tan asustado que defiende a sus cometaristas escondiendose bajo un seudónimo.

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