Corazón tan blanco / Secretos en perfecto castellano

Feb 9th, 2009 | By Nicolas Sepulveda | Category: Opinión, Portada

La posibilidad de que un día alguno de nosotros, leedores compulsivos, logremos saldar siquiera la mitad de nuestras deudas es exigua. Al menos en lo que a libros se refiere, digo, porque de las otras mejor ni hablar, especialmente en época de crisis. Hablo de la angustia que oprime al corazón en el momento en que nos enfrentamos a uno de los estantes de la biblioteca más cercana, o a aquéllos de la librería cada vez más lejana, al menos en el pueblo en el que me ha tocado en suerte venir al mundo y prepararme para él, y nos damos cuenta de que muchos de los tomos allí contenidos jamás serán abiertos por nuestras manos.

Si nos tocara extraer alguna máxima, debería de ser la siguiente: ni el lector de lectores, el supremo leedor, leerá en su vida todo lo que quiere o debe leer.

Conformémonos con saber que tal maldición no es particular, y acaso ni siquiera sea una maldición, si no todo lo contrario. Imagino que peor sería el calvario de existir no más que un par de tomos disponibles, digamos, por ejemplo, no más que los de un maletín literario promedio.

Enumerar las deudas literarias es un ejercicio de autocompasión. Nunca aparecen todos los autores ni títulos, y la mayoría de los nombres van acompañados de alguna ingeniosa justificación, por lo general relativa a la escasez de tiempo o de recursos. Y no piense usía que evitaré el escarnio de auto incluirme entre los pecadores: los rusos, por ejemplo, han sido y aún son miembros ilustres y de larga data en mi propio inventario, y sí, culpo a la falta de tiempo, aunque también a desapariciones misteriosas —¿qué habrá sido de mi ajada edición de “El jugador”, la que osé llevar como lectura de verano y perdí sin al menos haber arribado a Ruletenburgo?

Pero dejo ahora de justificarme y afino la puntería para referirme a lo que me convoca, que viene a estar cerca de las antípodas de lo que hasta ahora he dicho. En realidad pretendía hablar de aquellas ocasiones en que una de estas odiosas deudas se salda sin uno proponérselo. Situémonos, entonces, en una soleada mañana de domingo, en las afueras de una iglesia, frente a un niño de ocho años que vocea los recargados periódicos ofrecidos sobre el calor de la acera.

Lejos de pensar en comprar uno de ellos, me acerco para dar un vistazo a las coloridas portadas de las revistas que reposan sobre la manta contigua, sólo para matar algunos segundos, descansar los ojos de tanto blanco, negro y gris. Y entre especiales de fin de año —olvidados e invendibles especiales de fin de año— y la última siliconada pública me topo con un par de libros a precio de saldo, probablemente porque sí son saldos de otro país que llegan por estos lados como ofertones de empresa periodística (y no me quejo: así fue que obtuve la colección de Vargas Llosa).

Me decido, pues, a gastar el vuelto de la noche anterior —larga historia— en Rosa Montero o Javier Marías. Con los dos he tenido encuentros escuetos, algún volumen de cuentos, tal vez, aunque no más que eso. Para dirimir recurro al viejo truco de la primera página. Asumo que el azar a secas llevó al niño a entregarme primero el libro de Marías. Llego hasta las primeras líneas y me encuentro con esto:

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

No llegué hasta la siguiente primera página; pagué y me llevé “Corazón tan blanco”, de Javier Marías, en su edición de Alfaguara, de 2007.

La gran ventaja de Marías es el manejo insuperable del idioma castellano sin llegar a atosigar. No me refiero al uso indiscriminado de términos en desuso ni a construcciones gramaticales tan correctas como indescifrables en la primera lectura. Todo lo contrario: el texto brilla por lo claro y pulcro, vertido con una fluidez natural y para nada forzada. Es esto lo primero que llama la atención, tanto que a los pocos minutos navegamos por las páginas con la entrega y la paz de quien sabe que el naufragio es ineludible.

Lo segundo que llama la atención es la trama, o más bien la falta de ella o su simpleza. La 388 páginas de “Corazón…” se llenan no tanto con las acciones de sus personajes como con los recuerdos y las reflexiones del narrador, quien en primera persona se atreve a develar los temores que asolan a quien acaba de contraer matrimonio.
Juan es traductor. Acaba de casarse con Luisa, una colega que se ha convertido en la mujer de su vida. Sin embargo, con el compromiso formal comienzan los temores de que pase a ser la mujer en su vida. Será acaso posible que la pérdida de individualidad esté tan estrechamente ligada al amor, que el plural reemplace definitivamente al singular.

A ratos novela y a ratos ensayo, el texto no sólo gira alrededor de estos temores del narrador. Otros aun más oscuros son los que dan el puntapié inicial de la historia: el secreto, la confianza o la falta de ella, la relación con los que queremos y la falta de ella; todo sirve como excusa para cuestionar los propios recuerdos.

Así van apareciendo personajes totalmente funcionales a las reflexiones de Juan que aparecen y desaparecen sin que nos demos cuenta; entramos y salimos de la simple anécdota a la reflexión y viceversa, aunque el autor nunca pierde de vista hacia donde quiere llevarnos: las paces con el pasado y el presente, tal vez, y la revelación para bien o para mal de un secreto.

El enigma parte con el episodio en que la niña se apunta al pecho, y que por cierto aprieta el gatillo; es la tía de Juan, hermana de quien más tarde será su madre. Si necesitáramos definir un eje transversal en “Corazón…”, tendríamos que referirnos a este hecho y al misterio que lo circunda, aunque esto no resulta necesario, pues cada línea se alimenta de la anterior y forma un entramado único y sólido que incluso incluye al título: una cita de Macbeth, obra citada más de una vez en torno al concepto de culpa y, una vez más, secreto.

En las últimas páginas nos damos cuenta de que cada pequeña historia, cada recuerdo y sobre todo cada reflexión de Juan son la antesala necesaria. Así, el círculo que se cierra sin cuestionamientos y es en gran medida gracias a la mezcla precisa de novela y ensayo. Y esto es posible, a su vez, gracias al magistral uso del idioma que muestra Javier Marías. Y me arriesgo a ser majadero en este punto confiando en que cuando lean esta obra no podrán si no concordar conmigo.

Confieso que no lo leí de una sola vez (el tiempo, el sueño, el tiempo), pero recomiendo que así se haga, tarea no difícil, por lo demás. Si ha decidido comenzar a tachar nombres de su lista de deudas literarias, acá hay uno recomendable para comenzar. Y si ni siquiera estaba en ella, no dude en ponerlo a la cabeza. No es necesario esperar a que un domingo cualquiera, en la mañana, se le aparezca este libro a boca de jarro y a precio de oferta, aunque reconozco que así me pareció bastante gratificante saldar parte de mi deuda.


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One comment
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  1. Qué buen artículo!

    Confieso que de Javier Marías sólo conozco el nombre y su país de nacimiento. Creo que lo pondré a la cola, luego de Turgueniev, Gogol y Emerson (que son las lecturas que he seleccionado para mis merecidas vacaciones). Ojalá sigas escribiendo para Librosdementira Nicolás. Muchas gracias por su buena pluma.

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