Ojos que no ven: los ciegos en la literatura
Dic 19th, 2007 | By Fabián Duffau | Category: OpiniónSuele decirse que uno de los peores males sufridos por los sujetos tímidos, consiste en su imposibilidad de mirar a los ojos. La dinámica de la conversación requiere el cumplimiento de ciertas normas sociales; expectativas a las que estamos acostumbrados, y que de no efectuarse producen algún grado de malestar. La discordancia en el contacto social entre el comportamiento esperado y el real, induce a recalificar al interlocutor: si antes era legítimo, es decir, si cumplía las expectativas, luego del encuentro, no lo es. Para entenderlo, basta imaginar el lenguaje corporal de un ciego. Y en el caso que la imaginación no produzca el efecto esperado, bastaría recordarlo. Si no recuerda ningún contacto de este tipo, lea a continuación.
La literatura se ha ocupado del tema (en rigor, sería difícil encontrar un tema del que la literatura no tenga al menos algo que decir. Creo, como Henry James, que la buena literatura se caracteriza precisamente por hacer interesante cualquier cosa) desde el principio. Ya en Sófocles, y antes incluso, como personaje mitológico, está Tiresias. El adivino ciego que, a cambio de sus ojos, recibió el don de la profecía. He aquí un primer punto que se repetirá luego: los ciegos no pueden ver -por lo tanto- no son seres humanos completos, porque no “participan” de la sociedad como el resto. Sin embargo, su ceguera les permite conocer realidades no accesibles a los humanos normales.
La adjudicación de facultades sobrenaturales a los individuos ciegos no es un mero recurso literario. Es un fenómeno sociológico. Pensamos, por ejemplo, que un ciego, por el hecho de serlo, posee una audición privilegiada. Tres autores elaboran con especial lucidez teorías acerca de la ceguera. Y al hacerlo, alegóricamente tratan a la humanidad en aspectos generales.
El primer autor es el inglés H. G. Wells. Escribió una novela corta llamada “El País de los Ciegos”. Sin dar detalles del argumento, podemos resumir el relato como sigue: comienza con la llegada accidental de un hombre a un valle perdido entre los andes (sí, los andes). La particularidad del lugar es que todos sus habitantes son ciegos. Han desarrollado una sociedad y una forma de entender y operar en el mundo, donde la visión no es necesaria. No sólo eso, el protagonista, al intentar usar las ventajas que le proveen sus ojos, descubre que, dada la estructura especial del mundo-ciego, su vista es completamente inútil. Sus ojos, al tacto de los lugareños, son desproporcionadamente grandes; desfiguraciones incompatibles con la idea de un rostro normal. La posesión de la vista se percibe como una enfermedad. Él, entonces, como un personaje desafortunado, deforme y torpe. La presión de los ciegos es tal, que en un momento el personaje central considera seriamente -por sugerencia de uno de los ciegos- sacarse los ojos y vivir como un ciego más. Wells creó un mundo donde la persona objetivamente más apta a nuestros ojos, es un estigmatizado. El protagonista vidente es un discapacitado. Es una fina ironía que la sociedad no pueda entender a la única persona que puede “verlos”. La inversión del viejo dicho “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey” es tan despiadada que llega a ser cruel. En “El País de los Ciegos”, el tuerto o el normal son enfermos. Una suerte bastante parecida a la que corren los visionarios en nuestro mundo visual.
“Ensayo sobre la ceguera” es el título de una famosa novela de José Saramago. Es la historia de un grupo de individuos, víctimas de una enfermedad que les hace perder la visión instantáneamente. Las consecuencias de esta pérdida, la actitud del estado y la sociedad frente a los enfermos, el infierno que crean ellos mismos en su reclusión, y momentos donde se expresan, ya sean las más básicas, o las mejores cualidades humanas, son parte de la historia. Cabría mencionar que la supervivencia del grupo principal, física y moral, se debe en parte a que cuentan con la única persona vidente disponible. Esta obra es fundamentalmente alegórica. El “mal blanco” es un experimento literario que permite al autor describir el comportamiento humano en sus relaciones de pareja, de mando y obediencia, en las labores básicas de alimentación e, incluso, sanitarias. Deben aprender a vivir de nuevo. Pero este aprendizaje no es terapéutico: no hay nadie que enseñe esa nueva forma de vida. Tanto así, que es necesario volver miles de años atrás y recolectar comida para subsistir. En este caso, la posesión de la visión es esperanza, en un sentido doble: por un lado, la posibilidad de recuperarla en alguna ocasión, y por otro, los ojos de la mujer del médico, que guían al grupo protagonista a lo largo del libro. Uno de esos sentidos se pierde. Tanto para los personajes, como para el lector.
“Informe sobre ciegos” es un capítulo de la novela “Sobre Héroes y Tumbas” de Ernesto Sábato. “Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico”. Al menos, es lo que nos sugiere la novela. Fernando Olmos es el personaje principal de este informe, y en mi opinión, de la novela. Construye una investigación detallada de la secta de los ciegos, una organización secreta y perversamente poderosa formada por personas no videntes. El supuesto es uno al que ya hicimos referencia anteriormente. Los ciegos tienen un conocimiento que nosotros no poseemos, y lejos de ser inferiores, esta información sobre áreas del saber -negadas a los seres comunes y corrientes- los pone en una situación de dominio respecto a los normales. La omnipresencia y el poder de la secta en el informe son una expresión de esas esferas de conocimiento prohibido y sacrílego. A diferencia de los casos anteriores, me es más difícil interpretar el informe como una alegoría. En principio, no se trata de un ensayo social. O al menos, no solamente de eso.
La ceguera es, sin duda, un estigma. Un atributo desacreditador de la personalidad, que coloca al individuo en una posición donde no es plenamente humano. El normal, el humano completo, es una persona que tiene signos identificadores que la presentan como parte de una categoría de individuos, que la sociedad reconoce a través de esos mismos signos. La facultad de ver es uno de esos signos de normalidad. En el “El País de los Ciegos” la situación del estigmatizado se invierte. El ciego es el normal, el vidente, un estigmatizado. En el caso del “Ensayo sobre la ceguera”, todos son estigmatizados: no hay normalidad porque la sociedad sigue reconociendo como normal al vidente. El “mal blanco” vuelve a todos en seres menos que humanos, a un nivel muy real.
Y en el “Informe sobre Ciegos”, hay que distinguir dos situaciones: la aparente, a saber, la de la sociedad general, que no advierte la amenaza de la secta y percibe a los ciegos como estigmatizados, y la real: los ciegos son sujetos más allá de la normalidad. De hecho, a través de la secta crean su propia normalidad, la sociedad ciega, donde los normales son menos que humanos. Pero a diferencia de la inversión realizada por Wells, en este caso no se trata de la disminución de la capacidad del normal, sino de una confrontación de dos normalidades donde una es más poderosa que otra. Y la más débil ni siquiera está al tanto de la lucha. La ceguera es el pasaporte a la sociedad líder. No es un atributo desacreditador, por el contrario, es un signo de pertenencia a la normalidad verdadera. Algo parecido a la marca de Caín de Hesse. El tratamiento de una carga como cualidad, y el hecho de que esa carga-cualidad convierta al estigmatizado-normal es un ser más que normal, es coherente con la búsqueda existencial del “Informe sobre Ciegos”. Al menos, eso creo. Pero puede ser que algo se me haya pasado por delante, y no lo haya visto.





Excelente texto. De mucha utilidad para quienes indagamos a nivel académico sobre la ceguera en la literatura. Muchas gracias.