Muñoz Valenzuela: el microcuentista

Feb 4th, 2008 | By Roberto Lind | Category: Entrevistas y Reportajes

Microcuentos

Diego Muñoz se instala en la última fila de asientos en la sala donde se dictará una cátedra de Estadística. En el lugar hay más de 200 alumnos. Todos futuros ingenieros civiles de la Universidad de Chile. Pero Muñoz no presta atención y comienza a escribir un cuento. Junto con el término de la clase, Muñoz también finaliza su creación que posteriormente titularía El Valle del Inca. Corre el año 74 y comienzan las primeras interrogantes para el futuro escritor. ¿Es ingeniería la mejor elección? Parece que eso no está en juego después de casi 30 años de haber terminado esa carrera.

Acostumbrado a las letras y a los libros, el escritor oriundo de Constitución, creció en un ambiente netamente intelectual. Sus padres, ambos periodistas y escritores, emigraron a Santiago cuando Muñoz Valenzuela tenía sólo cuatro años. Allí tuvo la oportunidad de llamar “tío” a Pablo Neruda, Juvencio Valle, Ángel Cruchaga Santa María, Gonzalo Drago y Francisco Coloane, todos amigos de la familia. Y la pasión por la lectura y la escritura comenzó desde muy niño, dada la cercanía y espontaneidad de crecer en una familia ilustrada. La enseñanza de Muñoz fue fiscal. Primero en un liceo en Ñuñoa y luego en el Instituto Nacional. Sin embargo, no sólo las letras lo apasionaban, a medida que cursaba la escolaridad, la afinidad y el gusto por los números también se acrecentaban. Y en esta disyuntiva vocacional formal, las matemáticas vencieron. Así, el adolescente Muñoz entró a la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile para convertirse en Ingeniero Civil Químico.

Bicho raro porque escribía en clases, porque leía más de la cuenta e integraba juventudes literarias en una facultad llena de números. Bicho raro porque no entendía que la práctica de la lectura y la escritura no era cosa normal. Su vida giraba en torno a aquello y llegar a un mundo totalmente opuesto creó algo así como una controversia interna. Sin embargo, Muñoz Valenzuela ahora reconoce que la permisividad que se daba en la Escuela de Ingeniería era favorable. En dictadura, Beaucheff no era tan restringido como en las otras facultades asociadas a las humanidades. Allí pudo ser parte de un taller literario, cosa que no estaba permitida. Y luego ingresó a la SECH donde se encontró con más de un “tío” de antaño.

Pese a que Lind supone que la escritura de Muñoz Valenzuela está asociada a los adjetivos concienzudo y premeditado, por las características de la formación universitaria del sujeto en cuestión, la sorpresa es mayúscula cuando el mismo Muñoz dice despojarse del traje de ingeniero y escribir con hemisferios distintos. La ingeniería forma parte de él y asegura que es la oportunidad de juntar dos mundos completamente distintos: la oportunidad de conocer el mundo desde esa otra perspectiva. “Cuando escribo no tengo mucho de ingeniero. No tengo nada de ingeniero. Escribo con propósitos distintos, de una manera distinta. Lo peor que me pudiera pasar es que escribiera de una manera demasiado racional. Aparentemente debieran estar conectados, pero no”. Pero no desecha del todo las tácticas ingenieriles. Sabe que para el cuento y los microcuentos, la fórmula no tiene mucho que aportar, sin embargo, para la novela, al ser una idea más arquitectónica, “puede” resultar favorable.

En lo que hay consenso es que para ser escritor en Chile necesitas otro oficio. Nadie vive de la literatura en este país. El concepto de escritor chileno está asociado a tener otro trabajo; estar relacionado con el mundo y tener un oficio distinto. Es imposible ser un profesional de la escritura y dedicarse sólo a eso. Bolaño fue guardia nocturno, Roberto Fuentes es topógrafo, Costamagna periodista y Carlos Tromben ingeniero comercial. Frente a frente, el personaje central de esta historia se pregunta qué debería pasar en Chile para que los escritores pudieran vivir de la literatura. Quizá que Chile no fuera Chile. Porque en este país es imposible: es muy pequeño, los tirajes son extremadamente bajos y lo que se percibe por derecho de autor es casi irrisorio. El que diga lo contrario está vendiendo una pomada para la calvicie. En el único momento donde se puede vivir de la literatura es cuando estás en edad de jubilar. Se puede vivir de las conferencias, de las ediciones extranjeras de un escritor exitoso. Sin embargo, si a Muñoz Valenzuela le plantearan vivir sólo de lo que escribe, sería infiel a esa proposición. Porque está seguro que violaría sus propias reglas y seguiría incursionando en la ingeniería. Es su cable a tierra. No es que sienta que debe estar necesariamente apegado al mundo, pero cree que es parte del mundo, que trabajar lo mantiene conectado a los problemas humanos. Está inserto en el mundo, y eso le sirve, le otorga temas, ideas y una dualidad un poco extraña: actor y observador. Jamás ha dejado de ser observador.

El microcuentista

Lo primero que publicó Muñoz Valenzuela fue cuentos: Nada ha Terminado (Ediciones de Obsidiana, 1984), volumen que tuvo una buena recepción, y que luego fueron antologados. Luego, en 1990, incursionó en la novela con Todo el Amor en sus Ojos (Ed. Mosquito), también muy celebrada por la crítica. Posteriormente otro volumen de cuentos: Lugares Secretos (Ed. Mosquito, 1993) y Flores para un Cyborg (Ed. Mondadori, 1997), mezcla de novela de ficción, novela negra y novela política. Engendro extraño que disfrutó mucho. La novela tuvo muy buena publicidad. En estos momentos tiene un par de novelas inéditas que siguen esa misma línea. Sin embargo, Muñoz Valenzuela se caracteriza por otro género. Quizá el que más satisfacciones le ha dado: las microficciones.

microcuentos 2

Entró en ese mundo desde un comienzo. No fue lo primero que escribió, sin embargo, recuerda haber encontrado microcuentos en Borges, Cortázar y otros autores latinoamericanos. Y se maravilló. Y se apropió -sin tomar conciencia- de los textitos breves. Le gustaba el relámpago del micrcuento. Le surgen espontáneamente cuando se va de la casa a la universidad. Lo escribe entre el movimiento del bus, apretado. Textos cortos y comienza a experimentar. Le llama microcuentos porque son cuentos escritos en la micro. Y se publicaron así en una revista en el 77. Sin explicaciones. Después se da cuenta de la correlación del concepto: “mira qué bien que el género que me había autoinventado por andar en micro, también calce para las minificciones”. Muñoz Valenzuela no leyó en ninguna parte, no encontró ninguna estructura, porque el concepto no existía en aquella época; sólo escribía en un trayecto de una media hora.

Ahora bien, no es casual el éxito de los microcuentos. Son textos que se leen muy rápido, en poco tiempo en el mundo moderno. Y que es una oportunidad para leer en el transporte público. Y se junta de nuevo el concepto con el tema del traslado. Este género -porque podemos hablar de género- siempre fascinó a Muñoz Valenzuela. Y el fenómeno fue un salto de conciencia que se produjo y que nunca consideró como algo menor. Está convencido que es un género. Porque en 1999 lo invitaron a un encuentro de escritores en Argentina. Y se dio lugar una lectura en un estadio de tres mil personas. El estadio era mucho más que los lectores que había tenido nunca. “¿Qué leo aquí?”, se dijo Muñoz. “Voy a leer microcuentos”. Y como era una cosa tan fastuosa lo que se hizo en Resistencia, al norte de Argentina, después salió a la calle y la gente se le acercaba: “qué bueno sus textos, dónde está el libro”. No había libro.

Regresó a Chile con esa idea. Por qué no se podría hacer un libro de microcuentos. Las demostraciones de afectos en el país transandino ameritaban un libro. Trabajó hasta el año 2002 y publicó Ángeles y Verdugos que es el primer libro de microcuentos. Luego comienzan a haber estudios. En noviembre de este año se realizará el quinto congreso internacional de minificción en Argentina. En todo el mundo está de moda. Pero Muñoz Valenzuela entró en esto mucho antes que fuera una novedad. Luego se dio lugar De Monstruos y Bellezas publicado en 2007, y fue tanto el impulso, que siguió escribiendo microcuentos.

Hoy, Muñoz tiene más sentido de fracaso en el microcuento que en el cuento o la novela. Asegura que se ha adueñado del género, aunque Pía Barros, Carlos Iturra y Tito Matamala también hayan incursionado en ello. Hay en él un microcuentista y ha encontrado una sintonía con eso. El ejercicio lo hizo acercarse al mecanismo de producción, de imaginación y las reglas. Se ha fascinado con el género para acercar al público a la lectura.

Pero cuál es la receta del microcuento. Muñoz las detalla: debe haber una historia, imaginación, desenlace, sorpresa; construcción que debe contar con elementos mínimos. Cree a ciegas que es un proceso inconciente y que puede ser encontrado en lugares insospechados. Muñoz Valenzuela además agrega la condición estética, por lo tanto el lenguaje, aparte de ser económico, tiene que ser muy expresivo y muy bien cuidado, elaborado, cosa que cuadra con su esquema de poeta frustrado. Sin embargo, desde la prosa breve puede acercar a ello. No hay ningún buen cuentista, ningún buen novelista que no sea un buen lector de poesía. La poesía tiene la capacidad de reinterpretar, y es hermanable con la minificción. Se intercomunican. Es un límite difuso. La segunda adicional tiene que ver con la trascendencia. Tiene que haber otra cosa en el fondo. La historia significa más que la misma historia. Al microcuento se le debe exigir eso porque no es un chiste, es un trabajo concienzudo, donde hay que botar mucho. Esos son los elementos que provocan en el lector una satisfacción inmediata.

A Picasso alguna vez le preguntaron ¿cómo hace para que le baje la inspiración? Y el pintor respondió: “Yo trabajo mucho en el día -18, 20 horas al día-, y procuro que la inspiración me pille trabajando”. Muñoz Valenzuela cree que el secreto del microcuento está en el trabajo y en la disciplina.

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3 comments
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  1. Muy interesante la “formula” para hacer un microcuento sobre todo hoy, cuando piden un cuento en no más de 200 palabras.

    Saludos

  2. necesito conseguir la novela Todo el amor en sus ojos de Diego Muñoz Valenzuela

  3. Poderia me informar o e-mail do Diego Muñoz.
    Também sou microcontista e gostaria muito de travar contato com ele.

    Wilson Gorj

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