Muchachas en Flor
Mar 26th, 2008 | By Carlos Tromben | Category: Opinión
En playa de Balbec la luz del sol se refleja en la piel de las muchachas. El narrador las percibe primero como un grupo de vírgenes despiadadas, de rostros y cuerpos cruelmente hermosos y soberanamente indiferentes a todo lo que los rodea. Carecen no sólo de individualidad, sino de atributos morales. Sus bellos sombreros y sus trajes ingrávidos forman parte de un juego cromático que sumen al narrador en un deleite ambiguo: el de verlas avanzar como una bandada de pájaros, reír y mezclar sus voces con el oleaje que ruge a pocos metros. Su atracción que se ve impelido a diseñar complejas estrategias para acercárseles. Un día escucha mencionar un apellido, al otro día un nombre. Albertine Simonet se llama su cabeza de playa.
Los afectos en Proust son sinónimo de acecho y deseo mil veces saciado, decepcionado y renovado. La belleza es una cualidad que se acerca y se aleja, siempre mezclada con la noción de poder. Se desea lo que no se tiene; una vez alcanzado, se aja y pierde todo valor. La única posibilidad del objeto de deseo de subsistir como tal es interponer una resistencia que, no por pasiva, deja de ser feroz.
Las muchachas en flor van así adquiriendo individualidad; nombres que las singularizan en una retina ávida. Albertine, Andrée, Gisèle y Rosemonde. Cada una ocupa un espacio definido en el arco cromático de una sensibilidad exquisita y perversa, que no conoce la plenitud sino a través de la evocación. Florecen rivalidades y pequeñeces. Se suceden encuentros, paseos y picnics en la playa o en el entorno delicado y culto del pintor Elstir. Como casi toda la burguesía francesa de la época, son antisemitas y clasistas, banales y frágiles.
En un párrafo decidor, donde el narrador aventura el futuro de aquellas carnes jóvenes y su inexorable camino hacia la decrepitud, nos damos cuenta de lo que las muchachas esencialmente son: un recuerdo. El timbre de sus voces y la tersura de sus pieles, el resplandor de sus ojos y la caída magnífica de sus cabelleras, han sido fijadas por la memoria del narrador hoy en un tiempo extático, donde no caben los roles de matrona, soldado, santa o mártir que el tiempo les ha debido deparar.
Cuando culmina la temporada y el Gran Hotel de Balbec cierra sus puertas, las muchachas, como todo el resto de los veraneantes, emprenden el regreso a la metrópoli. El narrador hace lo propio, pero guarda consigo el tesoro de sus impresiones en una zona hecha luminosidad pura, la repetición infinitesimal de un gesto que su criada Françoise encarna ahora en el territorio móvil de la memoria: el momento de descorrer las cortinas de la habitación como si fuesen las vendas de una momia, vendas que encierran, no el cuerpo incorrupto de un individuo, sino su tiempo perdido y recuperado por la escritura.
[tags] Marcel Proust, A la recherche du temps perdu [/tags]








tormenta de instantes proustianos, el resuello de Claudia cuando duerme recuerda el resuello de otra Claudia que duerme perdida en la memoria de Proust