Mal libro, buena historia
May 27th, 2009 | By Libros de Mentira | Category: Destacado, Portada, narrativa
¿La mala literatura como una de las bellas artes?
Stellan Skarsgard es el actor sueco que hace el papel del jefe de la Guardia Suiza del Vaticano en la reciente adaptación que el director Ron Howard ha hecho de la novela de Dan Brown titulada Angels & Demons.
Skarsgard es un lector frecuente y acucioso de literatura contemporánea y tuvo que vencer más de un resquemor para aceptar el rol. La razón es sencilla y ustedes ya la imaginan: Dan Brown le parece un escritor memorablemente malo.
Sin embargo, Skarsgard dice también que no pudo evitar leer la novela de Brown de cabo a rabo: los cliffhangers (esos finales de episodio que dejan al lector con la vívida expectativa de una situación conflictiva que sólo se resolverá más adelante) eran demasiados, estaban muy bien puestos y lo impulsaban a continuar incluso a disgusto.
Los cliffhangers, claro, son generadores de suspense, y por lo tanto, en la medida en que se convierten en dispositivos para organizar la acción y dosificarla, tienen un curioso valor estético: son recursos estructuradores y a la vez conativos, señales sembradas para capturar y mantener viva la atención del lector.
No suelen ser, sin embargo, elementos particularmente imaginativos u originales. Todos los cliffhangers se parecen y pueden reducirse a una fórmula coloquial que cualquiera de nosotros ha usado alguna vez: “Y no te imaginas lo que pasó en ese momento. Por poco no me he muerto. Pero te lo cuento mañana en el almuerzo”.
(El origen más probable del cliffhanger está en las novelas publicadas por entregas, que necesitaban asegurar que el lector comprara el siguiente número de la revista, del diario o del fascículo donde se publicaba el texto a cuentagotas. Sir Arhtur Conan Doyle, por supuesto, fue el maestro del gancho para la ansiedad lectora).
Un escritor puede ser notoriamente malo en casi cualquier aspecto del arte literario, pero si alcanza la maestría en el oficio de crear suspenso y expectativa, su éxito puede ser masivo y, diría, casi inevitable. Satisface una necesidad que es más informativa que artística o de goce estético: promete una historia cautivante y posterga su conclusión paulatinamente, permitiendo en el camino la gratificación de las pequeñas y parciales revelaciones, en camino a la última.
De cierta manera, la fórmula del best seller de intriga en perfecta en sí misma. Su pobreza de ideas, su escasez de recursos, la manera ciega y casi fanática en que se niega a pensar y reflexionar, su aniquilamiento de cualquier rasgo peligrosamente intelectual, su forma de esquivar las problematizaciones y negarse a la búsqueda artística, todos ellos no son rasgos a pesar de los cuales un best seller consigue el éxito: son las razones del éxito.
Es decir, la falta de recursos, buscada o no, voluntaria o no, fingida o no, la elisión de todos los caminos laterales y todos los ejercicios conflictivos, son los rasgos que permiten que toda la atención del lector se concentre específica y monomaniacamente en el desarrollo del argumento y la expectativa que la trama le proponga.
¿Cuál es, entonces, el problema con los best sellers?
Si se proponen una finalidad narrativa particular y específica (el planteo de una intriga, la capturqa del lector y la resolución sorprendente) y adoptan una forma estética que es aparentemente la más funcional para conseguir ese objetivo, ¿no son, entonces, formas narrativas perfectas en sí mismas?
Quizás sí. El problema es lo que esas novelas hacen con su lector, con la mente de su lector y su manera de enfrentarse a un texto: lo transforman en una suerte de caballo de carreras, con las anteojeras apuntadas en una sola dirección, sin mayor libertad de acción, sin espacio para maniobrar, con una meta que no está al final de una red compleja de reflexiones, gustos y disgustos, placeres y shocks, hallazgos y confrontaciones, sino en la línea final de una carrera sin obstáculos ni retos.
Eso suele conllevar un problema adicional: el contenido ideológico está condenado, en virtud de su necesaria simplicidad, a mantenerse, también él, alejado de cualquier poder sublevante o problemático.
El best seller es por naturaleza conservador. En uno de sus extremos, es poco audaz, confía en la repetición trivial, la seguridad del commonplace y las formas más aceptadas del sentido común.
En su otro extremo es desbocadamente paranoide y sigue la lógica de la teoría conspirativa (El código Da Vinci) en su variante de menor interés: la de proponer una explicación del mundo que es a todas luces falsa, a todas luces desdeñable, mediante el expediente de identificar un chivo expiatorio para cada mal del universo, o para todos.
En ambos casos es simplificador y superficial, abandona el arte para devenir pasatiempo.
El problema mayor, claro está, radica en el hecho de que las formas del best seller se han impuesto en gran medida en el mercado lector y en la producción literaria. Autores de buen nivel como, digamos, Chabon o Bolaño, Levrero o Taibo II, han recurrido a ellas para tomarlas poco menos que como a un caballo de Troya, camuflando tras la apariencia de simplicidad una complejidad preñada de contenidos.
Pero otros de menor inteligencia y mayor precariedad artística han asumido el best seller como un modelo inobjetable, la superficialidad como una virtud bienvenida y la llanura estética como la cima más alta de la eficacia narrativa.
Lo que esos autores olvidan –además de la idea aún no del todo abatida, afortunadamente, de que el arte es un desafío reflexivo y una exploración valerosa– es que la eficacia narrativa no es rasgo suficiente para que un texto literario tenga valor estético, artístico e intelectual.
Para decirlo estirando una vieja metáfora del lenguaje crítico: una novela solo puede ser sólida si tiene no una dimensión, sino muchas: no una línea ni un plano, sino un haz de líneas y planos.
Artículo escrito por Gustavo Faverón
Vía: Puenteaéreo



