La vía Costamagna

Ene 18th, 2008 | By Roberto Lind | Category: Entrevistas y Reportajes

Alejandra Costamagna

Víspera de año nuevo. Cinco de la tarde. En el departamento de Alejandra Costamagna se escucha despacio el saxofón de Charlie Parker en Loverman. En la entrada, una biblioteca contiene cientos de libros de los que Lind no alcanza a reconocer ningún título. Una decena de otras obras está dispersa sobre una mesa junto a un sofá blanco y hasta en el suelo. Costamagna los adquirió hace pocos días en un viaje a Argentina más o menos fugaz. Ella pregunta agua o jugo. Lind responde agua. Costamagna no le pone hielo. Se instalan frente a frente en la mesa donde Lind supone que ella desayuna, almuerza y toma té junto a su novio. Sobre esa misma mesa, que es la mitad de un círculo contra la pared, La Universidad Desconocida de Bolaño. Y Costamagna lo estaba leyendo. O releyendo. Lind enciende la grabadora.

Un poco tímido y sin saber cómo comenzar, Lind pregunta qué leía. Y Costamagna le reseña el poemario. De inmediato lo abre, y muy concentrada, casi con los ojos pegados al libro, lee:

De sillas

de atardeceres extras

de pistolas que acarician a nuestros mejores amigos

está hecha la muerte.

Costamagna admira a Bolaño, o por lo menos le gusta mucho. Eso cree Lind. “2666 es una especie de lucidez y conciencia de lo que estaba al lado, a punto de ocurrir”, dice Costamagna. “Quizá no sea un libro perfecto, pero es un libro boceto de lo que va a venir después”. “La muerte”, piensa Lind mientras asiente. Bolaño ha roto el hielo. Y sin saber mucho del escritor de moda, Lind articula frases hechas, cosas que ha escuchado. Y Costamagna se entusiasma. Dice que el libro lo compró en Buenos Aires. La conversación se hila sola. Costamagna tiene una relación muy estrecha con el país limítrofe. Sus padres son argentinos y de niña visitaba a sus familiares durante todo el verano. Eran viajes de dos días en citroneta hasta llegar a Campana, lugar donde residían sus abuelos paternos. Ése es el momento donde Costamagna empieza a construir mundos. Por lo menos así lo recuerda. Argentina es el callejón de la infancia, que siempre estuvo asociado a la lectura. Viajes donde no había más remedio que jugar, en la soledad, a contar perros en la carretera; a jugar por horas con animales de plástico a “la granja”; a inventarse historias; a leer Las Aventuras de Tintín y Tom Sawyer. Y en la primera infancia, Las Mil y Una Noche, donde su madre les leía a ella y a su hermana. Pero la literatura jamás fue una imposición. Era una vitrina: ¿te gusta? Sí, me gusta. ¿Sigamos? Sigamos. Su familia no era la clásica familia intelectual. De hecho sus padres pertenecen al área científica: él químico y ella estadista.

Costamagna alguna vez lamentó no haber crecido en Argentina. Luego no. Arregló en Chile el pequeño dilema de la pertenencia. Chile es el lugar de Costamagna, e infiere que esa pertenencia tiene más que ver con los territorios personales, con los libros que ha leído, con las películas que ha visto, con los cuadros que ha mirado, con el barrio y sus amigos. Y es aquí donde el Colegio Francisco de Miranda cobra relevancia. Colegio de izquierda, donde aumentó el gusto por la lectura y la escritura. Guillermo Pérez, profesor –en esa época- de Castellano, tenía una metodología distinta a la que implementaba el Ministerio de Educación. Costamagna, con ese profesor, conoció Crimen y Castigo, Opiniones de un Payaso; todo Neruda; la Mistral más militante, no la de las rondas y los niñitos felices; Chejov, Shakespeare. Educación privilegiada, piensa Lind, porque además ella escribía ensayos, crítica y comentario de libros con sólo 15 años. Incluso, en una oportunidad, y cursando tercero medio, entrevistó a Nicanor Parra. Eso lo recuerda con cariño. Ambos eran vecinos en La Reina y ella tocó su puerta. Parra accedió a la entrevista infantil. Costamagna escribía todo a mano, pidiéndole que hablara un poco más lento. Luego salieron a caminar por el barrio y el consejo del poeta nacional para la teenager fue caminar un kilómetro diario, así viviría hasta los 100 años.

Llegó el momento de escoger una profesión y Costamagna tenía tres opciones: Teatro, Literatura y Periodismo. Escogió Periodismo porque era una mezcla entre las dos anteriores. Y se matriculó en la Universidad Diego Portales porque muchos profesores de la Universidad de Chile habían llegado ahí, y, además, fue un gesto fundacional, porque esa promoción era la primera en inaugurar la carrera. Allí conoció a Carcavilla, a Pablo Morales, gerente de programación de Chilevisión, y hasta a Gaspar Domínguez, el tipo que conduce Intrusos de Red TV. Costamagna perteneció al centro de estudiantes y fue alumna de Guillermo Blanco, persona importante en su formación como escritora y periodista. Con él soltó la mano, el músculo, como ella dice. El autor de Gracia y el Forastero le otorgó disciplina, cosa que Costamagna agradece. Asistió a un taller que el propio académico impartía. Fue la primera vez que leía en público. La cosa estaba ya media trazada. En la Feria del Libro de 1990, Blanco le pidió a Costamagna que leyera una producción propia. La chica lo hizo con gusto. Ella no lo dice, pero Lind tiene la certeza que ése fue el momento donde la mujer que tiene ahora enfrente, de belleza italiana, pantalón gris, una polera negra con tiritas y descalza, escogió el camino de la literatura. Fue aplaudida. Lind no lo duda. Costamagna sólo dice que la escritura siempre estuvo ahí: sus pasos y decisiones eran la punta del iceberg.

Lind desvía la conversación. Pregunta sobre sus lecturas fundacionales, y mientras Costamagna piensa la respuesta, bebe un sorbo de agua. Dice que las mezclas son grandes. Le interesan mucho los rusos: Dostoievki y Chejov. Chejov en el sentido “de decir lo más con menos”. Mientras que Dostoievski desarrolla caracteres, personajes. Para Costamagna Crimen y Castigo fue muy importante en un momento. Sintió que se podía hacer literatura de cosas muy “bastardas”. La historia de Raskolnikoff la maravilló, porque el prosista ruso más grande trabaja con lo doméstico, con lo común y corriente. Y para ella, eso, fue un descubrimiento. Sartre con La Náusea, Camus con El Extranjero. Sin embargo, sus preferidos son los autores rioplatenses: Macedonio Fernández, Borges, Cortázar y Onetti. La poesía también la maravilla: desde los poetas grecolatinos hasta Millán y José Ángel Cuevas; sin escribir poesía, a los vates los ve como fuente de alimento.

A Costamagna siempre le han preguntado por su filiación con María Luisa Bombal y Marta Brunet. Las leyó mucho y se siente halagada por la comparación. Con Manuel Rojas se siente muy cercana. Estos tres escritores nacionales fueron parte importante en su formación. Luego vino su “etapa oscura” con Yasunari Kawabata, Yukio Mishima, Pessoa y Alejandra Pizarnik. Los más oscuros, dice Costamagna. Luego viene Bolaño, que es su propia confirmación del intercambio de lecturas de lecturas.

Aún en la universidad, Costamagna entró al taller de Pía Barros. Una gran mujer, enfatiza. Le sirvió para escribir en condiciones democráticas y conocer a escritores contemporáneos. Terminó la universidad e ingresó a La Nación, directamente a Economía. Comenzó a gustarle mucho y se asustó. Creía que podía perder la ruta, y constantemente pedía el cambio a Cultura y Espectáculos. Luego de dos años lo consiguió. Escribía sobre teatro, cosa que la apasiona. En ese lapso, entró al taller de Antonio Skármeta con una novela en mente. En Voz Baja, después, se convertiría en la ganadora de Los Juegos Florales Gabriela Mistral. Mariano Aguirre presidía aquel jurado y se sintió feliz por el hecho de que “el mejor crítico literario de Chile” la haya galardonado. Sin embargo, tiene muy interiorizada una frase de Leila Guerriero, autora de Los suicidas del fin del Mundo y Coordinadora Editorial del Cono Sur de Gatopardo: “Hay que aprender a no necesitar, hay que aprender a no necesitar la mirada de los otros”. Antes del reconocimiento, la historia de Alejandra Costamagna es lo que usted acaba de leer.

Alejandra Costamagna

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