La Prescindencia De La Alianza y El Tránsito a La Perfección, En José y Sus Hermanos, de Thomas Mann
May 25th, 2009 | By Fabián Duffau | Category: Destacado, OpiniónHay libros que no deberían terminar. Páginas finales que a la vuelta habrían de contener líneas impresas pues, si entre el cero y el uno hay infinito, ¿Por qué no habría de haberlo entre la página 1 y la 1.153? Una cuestión material, supongo. Pero además, los libros y las historias han de contener un final, un cierre que de sentido a la historia, aunque a veces nos pese. El final, no el sentido.
José y sus Hermanos, de Thomas Mann, es uno de esos libros. Como otras obras del autor, la sabiduría -explícita y escondida- entre sus páginas, es tanta y tan poderosa que abarcarla es una tarea en extremo complicada. Cualquier sentido que se le intente atribuir está sujeto a revisión permanente. A continuación, ensayaré una breve descripción de lo que me parece uno de los puntos fundamentales de esta obra: la prescindencia de la alianza.
El punto de partida de la obra es la relación ontológica entre el ser humano y Dios. Para explicitarla, se sirve del mito cristiano de la creación. Plantea que la función de los mitos es servir como realidades explicativas, con pretensiones narrativas, y no ontológicas. Es decir, los mitos son modelos de existencia, que tienen relevancia e influencia independientemente de su realidad concreta (para los que creen en ella). En el mito de la creación, los seres humanos en comunión con Dios son expulsados por haber adquirido la conciencia de la muerte. Y posteriormente, Dios intenta atraerlos hacia sí a través de una alianza.
El pacto entre la divinidad suprema y el hombre encuentra su causa en la soledad infinita de Dios, producto de la expulsión del hombre del paraíso, y la falibilidad humana. El objetivo consiste en unir ambas; en obtener la simultaneidad perfecta entre la materia y el alma, que no implica despreciar la materia, sino aprehenderla y confundirla a través de un acto sagrado, la bendición. Así, la bendición, como el acto de divinización, se vuelve un camino de dos vías: por un lado, aquel que diviniza al hombre, y por otro, el que le otorga a Dios un punto de comparación, que le permite distinguirse y conocerse.
En efecto, para que el conocimiento de Dios sea verdaderamente absoluto, debe contener el saber de su propio ser. Y para ello requiere la intervención de un otro que le permita mirarse. El problema es que el conocimiento proporcionado por el ser humano proviene de un otro imperfecto; de un espejo quebrado, por decirlo de algún modo. Es por esta razón que la adoración de Dios es difícil: porque es el mecanismo para convertirse en un equivalente de Dios lo suficientemente perfecto como para proyectar la imagen divina.
La presencia de la bendición se constata por el avance cíclico que lleva a cabo. Puede transitar tanto por el camino de la santidad -el del cielo- como por el de la individualización, o humanización -el terreno-. Toda vida que se encuentre contemplada en la bendición se verá frecuentando ambas vías; un momento estará en el cielo, en otro caerá a la tierra. Y en la historia de José las etapas son marcadas: el inicio divino, la caída al pozo, el tránsito a la mansión de Putifar, la cárcel y luego la Boca del faraón. Ahora bien, la presencia del ser en lo terreno y lo divino no es una característica exclusiva de la bendición, y en ello recae el error de José y uno de los grandes puntos de la obra.
El triunfo de José es amargo, porque pese a que logra convertirse en el hombre más importante de su tiempo, finalmente no logra la bendición. La vía celestial, que en principio creía poseer y fundamentaba metafísicamente sus actos y su suerte, le es en definitiva rechazada, porque no le correspondía. Es más: nunca la tuvo. La paradoja es tan sólo aparente: en efecto, el pacto dios-humanidad se basa en el intercambio de calidades ontológicas, y por lo tanto aquellos beneficiados por la bendición deben serlo en los mismos términos que ésta se presenta, o sea, dualmente; divina y terrena al mismo tiempo. Así las cosas, el acto por el que se consagra a un sujeto, quien adquiere de este modo un principio de divinidad, es siempre un acto terrenal, de engaño y pecado. El hijo disfrazado de su hermano que engaña al padre ciego; la mujer que finge ser una prostituta para embarazarse de su suegro; tales son los vehículos de Dios.
Al respecto, cabría agregar que el papel que juega la Mujer en la transmisión de la bendición es acorde a su rol de proveedora de vida. A través de su útero, la mujer crea la materialidad del hombre, y de su cerebro, asegura la pervivencia de la bendición. La habilidad de la mujer para el engaño adquiere de esta forma un carácter necesario para la perfección del hombre, toda vez que la bendición se transmite por actos de pecado.
La historia de José y sus hermanos parte de la base o la hipótesis de que José es el bendecido. Más bien, es José quien asume el papel de tal, sin preguntarse su derecho a serlo. La convicción de ser aquel adornado por la gracia proviene tanto de la predilección de Jacob, su padre y patriarca del pueblo elegido, como de su naturaleza ambiciosa, de una inteligencia y belleza excepcional y sus talentos sobrenaturales para interpretar a las personas y los sueños. A medida que su biografía se desarrolla, va desprendiéndose de sus defectos y adquiriendo aún más cualidades. Lo que no adquiere sino hasta el final es la conciencia de que el motor de su operar era una ilusión: de que la bendición que creía poseer no le pertenecía, sencillamente porque no tenía el derecho a reclamarla.
Ahora bien, la inexistencia de la calidad divina en José transforma su historia desde el interesante pero predecible peregrinaje de un elegido, a la vida común y a la vez única de un individuo corriente de la especie humana. Lo que José logra lo hace por si, no por la presencia de Dios en sus actos, aunque él creyese lo contrario.
La afirmación anterior tiene un importante matiz; aunque José toma conciencia de no ser el vehículo de Dios, pretende haber sido su herramienta, en tanto las consecuencias de sus actos beneficiaron a los verdaderos elegidos. Pero aquel razonamiento implica que todo acto que genera una consecuencia positiva para otro, tiene su fundamento ontológico en Dios. Y ello puede no ser así; la consecuencia antedicha, esto es, el beneficio que otros sacan de nuestros actos, es un efecto propio de la vida en sociedad, o sea, de la condición humana, no de la divina. José vuelve a soñar injustificadamente con la preferencia de un Dios que le ha negado su favor, otorgándoselo al hermano –en sentido estricto- que lo vendió como esclavo.
Luego, la idea de José acerca de si mismo estaba errada desde el principio. Bajo el punto de vista de los bendecidos, su existencia es relevante en dos aspectos: por una parte, fue un intruso, un posible usurpador al que se eliminó arrojándole a un pozo y vendiéndole a mercaderes del desierto. Por otro, fue un hermano hábil que les dio trigo cuando morían de hambre. Su historia es ajena a la bendición, o tal vez tangencial a ella. Y tampoco es celestial, sino que primordialmente terrenal.
José, en definitiva, es completamente humano, y como todos nosotros, participa del cielo y la tierra alternativamente, sin privilegios. De lo anterior se deduce fácilmente la relevancia que para un ser humano normal tiene un pacto donde la bendición es compartida por todos, y no sólo por los elegidos; o lo que es lo mismo, de un pacto donde la bendición es eliminada, y reemplazada por la solidaridad.
Sin perjuicio de ello, la prescindencia de la alianza debe entenderse en los términos de los no elegidos; la posibilidad de crear una vida tendiente a la perfección, del modo que lo hizo José, no tiene nada que ver con Dios; la ilusión del favor divino es, para estos efectos, tan útil como cualquier otro sueño.



