Jean Genet o la puesta en escena del existencialismo
Jan 7th, 2008 | By Estefanía Hermosilla | Category: Uncategorized
Lo más significativo de Genet, y que llevó a Sartre a hacer de él un libro en que vuelca todos sus conceptos filosóficos, como paradigma del hombre existencialista (ejemplificación más o menos legítima), es que no es simplemente una figura espantosamente fascinante por sus acciones viles y brutales las que siempre producen morbo y atracción, sino porque supo hacer de ello todo un relato, una existencia única que fue más allá de las comunes lamentaciones de un miserable que pide amor y comprensión.
Se puede afirmar que el propósito de Sartre al analizar filosóficamente a este autor, más allá de su gusto por la literatura y postura moral frente a ella, es que Genet significa la posibilidad de afirmar que aun el ser más desamparado, con las más adversas condiciones de existencia, vive según su elección, es decir, ha tenido la libertad de ser quien quiera ser, incluso, elegir ser un miserable, como afirma el propio Genet: “he decidido ser lo que el delito ha hecho de mí ”. Vemos que sigue siendo la existencia, cada elección que tomamos, la que forja nuestra esencia, y sólo el resumen tardío de nuestra vida una vez terminada, pueda aportar algo de lo que significó ser uno mismo, aunque seguramente jamás se logre un juicio concluyente de ningún individuo, de quién fue, o de qué quiso realmente, y mucho menos en lo que cabe decir de un escritor.
Genet decidió verse con los ojos de los demás, cuando a la edad de ochos años sus padres adoptivos lo descubrieron in-fraganti robando y lo llamaron ladrón. Seguramente no robó nada valioso, y la reprimenda de sus progenitores no debió ser muy severa ni drástica, pero para aquel niño campesino, significó el momento en que descubrió que era un niño, y que este niño era un “ladrón”, que era “malo”. Aquella inocente acción cometida por un niño será el instante que marcará y determinará su vida, en donde, en un muy pequeño y hasta insignificante intervalo de tiempo, se difracta la continuidad temporal, causando una ruptura en la consciencia de Genet, de quién es y de quién será. El instante como el momento del fatal choque entre el antes y el después, pues por un lado “se es todavía lo que se va a dejar de ser y ya se es lo que se va a ser”, vale decir, se es lo que se va a ser, pero aun siendo el ser anterior, se es uno y otro a la vez, lo cual, en el caso de Genet, significará el instante donde se muere el niño y donde nace el ladrón.
Aquella anécdota infantil será constantemente revivida por Genet, percibiendo aquel instante del insulto como un bautizo simbólico que lo marca bajo el nombre de la abyección, y de todo lo que esta palabra posee en su interior, todos los efectos que ella desencadena en la sociedad. El insulto como el instante fatal en que el individuo recibe un nombre infame que lo marca para el resto de su vida, bautizado por una sociedad que bajo aquel insulto, no sólo lo califica, sino también lo clasifica, le da un lugar, le marca un espacio, pues como dice Didier “las palabras representan una realidad, las que a su vez instauran y restauran sin cesar la “realidad”. Designan, cuando creemos que sólo enuncian”, de tal que ellas participan en la configuración del objeto al que nombran, e imprimen el valor y lugar que posee dentro de la estructura social, e incluso su realidad, su forma y contenido, pues Genet no es sólo un marica; él representa a todos los maricas, todas las cualidades, características que suele traer asociado la palabra marica, que históricamente ha ido asociada a una serie de otras actividades, como el homicidio, el robo, la perfidia, la prostitución, las drogas, etc.
De este modo, se comprende la importancia que juega para Genet los nombres y los calificativos, tanto en su vida como en su obra. En ambas, las personas no significan nada, por lo cual es común que en sus obras de teatro los personajes sean identificados por sus meras funciones, abundando los obispos, comisarios, jueces y criadas. Pues para este autor, somos lo que hacemos; nos determina el servicio bueno o malo que prestemos a los demás, donde incluso un ladrón cumple una función social. El criminal es precisamente un requerimiento de la propia sociedad de hombre y mujeres honrados para justificar sus valores y los diversos calificativos que posee y aplica a cada individuo, colocando especial cuidado en identificar lo maligno en una comunidad, a través de la proyección de sus propias vilezas en individuos como Genet, que encarnan lo peor y más abyecto de lo humano.
Y Genet hará con gusto cualquier acción que reafirme el juicio temprano que sus padres realizaron sobre su persona. Y más radicalmente, en verse según los otros, en cumplir las expectativas ajenas. No hará cosas viles porque sea malvado, sino porque quiere ser “el malo” que la sociedad vio que era. Todo su hacer -y aunque el “hacer” es la categoría y manifestación concreta de la conciencia humana para los existencialistas, en cuanto concibe al hombre como un proyecto que debe realizarse, crearse a partir de sus elecciones- se supeditará al “deseo de ser”, pues como afirma Sartre “el hombre es fundamentalmente deseo de ser”, y por muy inconsciente que sean nuestras acciones, éstas siempre guardan un propósito o fin, y la propia vida de Genet se puede plantear como la búsqueda del mayor mal por excelencia, para hacerse con el nombre de “malo”, por lo cual hará un proyecto de su miseria, sin luchar por salir de ella, sin luchar contra el resentimiento, frustrando su propia vida, pero no con un deseo masoquista o sádico, sino como un deseo narcisista en extremo. Genet rechaza muchas de las teorías psicoanalíticas que intentan naturalizar ciertas conductas, justificarlas y con ello, limitar su libertad de elección, ya que para él, todo pasa por una decisión y por un fin que se fija él mismo: “no ser más que lo otro, no ser más que el no-ser del Ser, ser el mal absoluto”, no mejorar su situación, sino empeorarla concientemente. Busca que todo se debe a sí mismo.
Y logrará ser el autor de su propia tragicomedia, cuando su propia vergüenza sea su orgullo, pues la vileza que él representa, que él actúa, le distingue de la plácida humanidad, le vuelve “la excepción” de la regla, un caso singular, especial y exclusivo, lo que significa la posibilidad de obtener una mayor libertad para recrearse, para inventarse, en ese mundo donde ingresan los marginados y que tiene su propia estética y ética.
Pudo Sartre haber usado filosóficamente a Genet para defender el existencialismo y a su vez insistir en su exigencia de una literatura comprometida con los conflictos sociales de su época, condición moral que puede coartar la libertad del arte, pero el propio Genet reconoció haberse sentido expuesto en la obra de Sartre, con su farsa descubierta, porque se revela que llevar el mal hasta el límite, conlleva la aniquilación y fracaso del propio mal, y más aún, hasta la propia destrucción del malvado, de su persona y humanidad (como el santo), y eso, es hacer un bien.
Genet, el comediante y mártir. Un malo que hace el bien.








che, que bueno.
No solamente uno” vive según su elección, es decir, ha tenido la libertad de ser quien quiera ser, incluso, elegir ser un miserable”, sino que también actúa de acuerdo a como lo piensan los demás. Somos lo que hacemos para cambiar aquello que hicieron de nosotros. Es necesario que alguien nos determine pero también es importante el azar y la posibilidad de elección como dicen Aulagnier y en algún punto también Castoriadis