Roberto Fuentes: “Sí, se podría decir que soy un escritor pop”
Dic 18th, 2007 | By Roberto Lind | Category: Entrevistas y Reportajes
1995. Sábado, 7:15 a.m. Roberto Fuentes, con 22 años, maneja una Daihatsu Charade del 80. Se dirige a las faenas de construcción en Valle Escondido, lugar donde se desempeña como topógrafo. Fuentes ha empezado a trabajar ahí desde hace poco. Las hace de copiloto “el flaco”, diez años mayor, amigo de infancia en la población, con quien trabaja. Quizás conversan. Van por la costanera a una velocidad prudente. Quizás la radio va encendida. Un Cadillac café de acero se les pone por delante. Se estrellan.
El Charade queda destruido. Fuentes y “el flaco” son sacados del auto con ayuda de bomberos. Hay sierras, carabineros, gente y sangre en la escena. “El flaco” está a un costado de la calzada, llevaba la olla de la comida entre sus manos y el choque provocó que se quedara por instantes incrustada en su pecho. Fuentes está consciente, tiene la pierna derecha hecha un trapo y la cara rajada. Está rojo. La gente piensa que va a morir. Está consciente. Intenta mover los dedos de los pies y lo logra. Está en el pavimento. Se siente frío. Piensa que no ha experimentado dolor como el que está sintiendo ahora. Cree que no es tan grave. Piensa que no quedará en silla de ruedas porque puede mover los dedos de los pies. Piensa que “estas cosas pasan”. Está seguro que todo va a estar bien. Cree que en un par de años podrá contar esta anécdota a algún desconocido.
Ahora está sentado en la terraza del Taylor Fresh, un restaurant-bar-club situado en plena Gran Avenida. Trae puesto un pantalón claro y una polera piqué con cuello a rallas azules, naranjas y blancas. Bebe lento una cerveza Kunstmann pequeña. Tiene vendada la muñeca derecha producto de una tendinitis y termina de narrar su historia diciendo que el médico a cargo en la Clínica Alemana, le sugiere que vaya al Hospital de la Universidad Católica, que ahí no le saldrá tan caro. Roberto Fuentes nuevamente sube a la ambulancia y es trasladado. Es operado y su recuperación es lenta. Piensa en “el flaco”; se siente responsable hasta hoy. En 1995, durante su convalecencia ve mucha televisión. Lee a ratos. Se recupera, pero no del todo. Ocho años después, en 2003, lo vuelven a intervenir. “Un ajuste de las primeras operaciones”, dice. Su licencia es de cinco meses. Aquel año lee y escribe mucho. Ese año comienza a esbozar lo que se convertiría en su segunda y más reciente novela para adultos: Puro Hueso (Cuarto Propio, 2007).
Qué iba a pensar yo, si crecí en una familia pinochetista
Roberto Fuentes de niño perteneció a la clase obrera y creció en la población Javiera Carrera, al frente del Hogar de Cristo en Estación Central, con sus padres y una abuela. Siempre se sintió un bicho raro. Bicho raro porque no era capaz de trepar árboles como los demás niños del pasaje. Bicho raro porque no podía hacer bailar el trompo. Bicho raro porque no era tan violento. Bicho raro porque leía más de lo normal. Bicho raro porque cuando le pidieron leer en el colegio Papelucho en la Clínica y él ya lo había leído.
Fuentes se toca el hombro derecho con la mano izquierda. Deja entrever un tatuaje sin pintar. Es el hombre pájaro. Se tatuó hace dos inviernos en la Isla de Pascua. Dice que lo hizo para dejar registro. Bebe cerveza. Retoma la conversación: “Inventaba cosas para que me compraran libros”. Leyó casi toda la biblioteca de la revista Ercilla. Sus libros predilectos de niño eran Papelucho, con el que decidió comenzar a escribir un diario de vida; El Principito; Hijo de Ladrón y La Ciudad de los Césares, estos dos últimos de Manuel Rojas, escritor con el que se siente identificado. Más adulto leyó La Ciudad y los Perros, de Vargas Llosa, obra que considera fundacional; y todo lo que publicó Salinger. Nadie le decía que leyera. Sus padres no terminaron la enseñanza básica, y advierte que la lectura pronto se convirtió en un refugio. Comenta que su afición por los libros se la debe a la genética. “La gente viene prediseñada”, asegura enfático. De otra forma no se explica cómo un niño como él haya podido acercarse a la literatura, convertirse en ingeniero y en escritor. Sin embargo, jamás se planteó, en los 23 años que vivió en General Velásquez, convertirse en esto último.
“Surgir es una palabra proleta”, dice Fuentes. Y convencido que la educación era la única forma de salir del lugar donde “me desarrollé y tuve una infancia relativamente feliz”, siempre se mantuvo dentro de los mejores en el colegio. Entró a estudiar Ingeniería en Geomensura en la Universidad de Santiago. Hasta ahí, no entendía por qué la gente protestaba en contra de Pinochet. Fuentes era un pinochetista asumido. Pinochet había salvado a Chile del marxismo y los cacerolazos y los disturbios eran cosas desmedidas. No creía en los crímenes y pensaba que los muertos caían en combate, mientras que su abuela le hablaba del Plan Z y le insistía que los comunistas se comían a las guaguas. En la Usach conoció otra realidad, conoció otro tipo de gente. Trabajó como voluntario y perteneció a la Federación de Estudiantes de esa casa de estudios. Era una lista independiente de izquierda y sus compañeros lo llamaban “fachito”. Aún se lo recuerdan. “Qué iba a pensar yo, si crecí en una familia pinochetista”; familia funcional, donde jamás lo golpearon. Hoy, Fuentes vota por la izquierda. En las últimas elecciones votó por Hirsch y luego por Bachelet. Todavía cree en Bachelet: “debo ser uno de los pocos”. La gente le dice que se dio vuelta la chaqueta, pero a eso no le da mucha importancia.
Luego de la universidad y del accidente, Fuentes se casó. Tuvo cuatro hijos. Una niña, dos gemelas y Pablo. Y es en el año 2000 cuando decide, al entrar en el taller de Pablo Azócar y tomar un curso de Guión de Cine, empezar a escribir seriamente. En el Taylor Fresh suena fuerte el Reggaeton. Un grupo de oficinistas ríen desmedidamente en el interior. Son risas de hombres y mujeres. Dos señoras toman helado a un costado y Fuentes pide una Coca-Cola light:
El año 2002 y por la editorial Cuarto Propio, Roberto Fuentes publica el volumen de cuentos Está Mala la Cosa Afuera; en 2003 gana el concurso de la revista Paula por el cuento No te Acerques al Menotti; en el año 2004 y por Alfaguara publica la novela Algo más que Esto, y el año 2005 el conjunto de relatos Todas Íbamos a ser Putas, también por Alfaguara. Este año se adjudica el premio Barco de Vapor por la novela infantil/juvenil Orestes y las Luces Volcánicas.
Fuentes confiesa que en su escritura prima la autorreferencia. No tiene conflicto con aquello, incluso le han dicho narciso y lo ha dejado pasar. En gran parte de sus relatos aparece Betto, su alter-ego. Y como telón de fondo se instala la “población” en la década de los 80 y la dictadura. En ese mismo instante, Fuentes infiere que “uno escribe lo que le tocó vivir, la gente escribe de lo que conoce”. Y a Fuentes le tocó el allanamiento en el pasaje donde residía, “los cortes de luces y los milicos que llegaban, y los pacos que llegaban”, dice. Las miradas en la escritura de Fuentes “son simpáticas”: porque son las de un niño que vive en población, pero que a su vez está (o estuvo) a favor del régimen. Pese a aquello, no deja de sentirse un escritor que escribe para el grueso del público: “sí, se podría decir que soy un escritor pop”. Y es que para el escritor que alguna vez le adjudicaron el título del “Machuca de la literatura chilena”, pop es la combinación de todos los símbolos al que él hace referencia al momento de escribir. No lo buscó. Se asume autorreferente. Es lo que le tocó vivir. Es un escritor pop C3, tirado para D.
Puro Hueso
La dictadura jamás ha tenido gran preponderancia en la narrativa de Roberto Fuentes. Él lo asume. La dictadura se instala en un segundo plano. Está presente, pero no tanto. No quiere entrometerse en las reivindicaciones sociales porque “vienen después, llegan solas”, y deja ese discurso a las personas que vivieron la dictadura más crudamente. Sin embargo, Puro Hueso llega a romper la tímida sombra del régimen de Pinochet que hasta este momento sólo ocupaba una esfera secundaria en su literatura. Porque la última novela se inicia con una historia que “el flaco” –su amigo de infancia y con quien sufrió el accidente automovilístico- le comenta: tres niños juegan en un cementerio de Peñaflor. Allí se encuentran tres fosas comunes. La primera con los muertos frescos, la segunda con los cremosos y la tercera con los que son puro hueso. Los tres niños se divierten en esta última fosa. Escarban. Reúnen huesos para finalmente armar un esqueleto, empresa que queda trunca. En ese instante, Betto decide escribir una novela. Y Fuentes inserta una novela al interior de su novela. Y Fuentes se inserta al interior de la historia. Porque Betto es topógrafo. Porque Betto es Fuentes y el flaco su compañero de trabajo, persona que admiró en su infancia.
Roberto Fuentes dice que esta novela habla de todas sus obsesiones. Es una historia que retrata la lealtad, la amistad y la cercanía a la sexualidad. La tercera y última parte, reseña el mismo Fuentes, comienza con una escena que a él le tocó vivir. Betto recibe la noticia, de la misma boca de Benito (“el flaco”), que Roberto Bolaño había muerto. Y uno de los sueños de Betto era conocerlo. Bolaño ya no existe, y en compensación, ambos compañeros de faena deciden ir en busca de Nicanor Parra en el jeep de la empresa. Esa es la última aventura de ambos amigos. Y Fuentes dice que jamás develará si ese viaje es ficción o realidad. Sólo dice que está seguro que algún día se cansará de la ficción.
La última novela de Fuentes es la más premeditada y repensada. Estuvo cinco meses convaleciente para crearla. Es la segunda y está contento. Pero esa alegría no alcanza para otra cerveza más. Mira su reloj y ya es tarde. Debe ir a buscar a su hija mayor. Toma sus dos celulares, The Clinic y se marcha. No te preocupes, yo pago, dice Lind.
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