Cuestión de Lenguas

Apr 20th, 2010 | By Juan Claudio Alvarez | Category: Destacado, Poesía, Portada

El avión va llegando a Barcelona dando un giro sobre el Mediterráneo. Antes de eso, y si el cielo está despejado, se puede apreciar el color de España: verde y rojizo. A diferencia del desierto de Atacama o de la tierra más negra del campo de la zona central de Chile, la tierra española es de un tono rojizo, como el color de las alfarerías de Pomaire. Al llegar a la capital de Catalunya, el giro del avión sobre el Mediterráneo brinda una perspectiva directa sobre el azul de este mar, siempre surcado por la estela blanca de los barcos mientras se abraza rítmicamente a la luminosa costa catalana.

Ese día llegué. Venía con un bolso inmenso y una mochila que pesaba como una cruz. No me puedo creer que llegué con todo eso hasta la zona aledaña a la Sagrada Familia. Allí, estuve un mes y luego me trasladé al Raval, un barrio más bien pobre al final de Las Ramblas. Mis primeros amigos fueron un grupo de afganos y pakis que vendían cerveza (cómo no). A los primeros que conocí fue a Jan y Nardar, unos primos que se habían venido en 2003 desde Kabul, Afganistán. Hacía muy poco que el gobierno de Bush había invadido ese país. Jan era un comerciante nato, y vendía latas de cerveza en la Rambla, organizando a todo el resto, incluido a Nardar. Me enseñaron los números del 1 al 10 en pushto, y me contaron un poco de sus vidas, de sus comidas, de sus costumbres y de su pasado en Kabul. También estuvo Natxo, mi primer amigo catalán, que conocí casi al llegar, y que con una botella de vino me dijo “Benvingut a Catalunya”. Él me ofreció la primera aproximación al sonido y la poesía del idioma catalán. Poco a poco, el oído comienza a distinguir este sonido, la forma de la ele, la música de fondo de las nasalizaciones, las vocales claras o veladas. Una cosa que me ha impresionado como forastero, desde el primer momento, es que la co-oficialidad de estas lenguas es un hecho concreto y cotidiano en la vida, y que los catalanes están muy orgullosos de su lengua y su cultura, que sobrevivió a la más atroz de las represiones. Durante los cuarenta años de la dictadura franquista, el catalán estuvo prohibido. Aún así, esta lengua de sonidos claros como el tañer de los metales sobrevivió en lo íntimo de las familias, y en algunos Poetas, como Miquel Marti i Pol, o como Salvador Espriu que, en medio de aquel contexto tan adverso, publicó sus poemas en número reducido y siempre en catalán, cosa permitida sólo porque los censores suelen ser un poco imbéciles, y éstos pensaban que la poesía no es fenómeno de masas. Fue un poeta marginal durante todos esos años porque casi nadie lo leía fuera de Catalunya. Y sin embargo, su persistencia renovó la lengua y la poesía de este pueblo, y ocupa hoy un alto y destacado lugar en su memoria.

Digo que me ha conmovido esta presencia lingüística tan masiva, porque viví en el Norte y en el Centro de Chile, y también conocí el Sur del país hasta Castro. Tanto en la zona norte, con el aymara, y la zona Sur con el mapudungun, existen poblaciones lingüísticas vivas importantes. Recuerdo el sonido en Arica del aymara, como un gorjeo flotando en el mercado mientras las cholas vendían verdura o hacían sus tratos. O el verdeazul del mapudungun, como una hoja solemne bajo el cielo cargado de nubes. Ahora, me parece increíble que considerando estas dos grandes poblaciones lingüísticas, no exista una presencia en lo oficial de estos idiomas, en paralelo con la norma del castellano. El estado de Chile habla sólo la lengua de Castilla – en su variante chilena – en todas sus expresiones oficiales.

Una lengua es un sistema que nos representa la realidad. Pensamos, conceptualizamos, nos dirigimos o nos callamos de una determinada manera, con un determinado sonido o silencio, con chistes que sólo son chistosos en ese idioma y no en otro, florituras o ausencias que se plasman en el nombre dado a cada partícula de la realidad. Como si se tratase de una película o membrana superpuesta sobre el dorso de las cosas, la palabra inviste y nos revela un tacto que es toque y verbo. Es frecuente oír voces que plantean que no es necesario que se aprenda catalán obligatoriamente, en el caso de Catalunya, o aymara o mapudungun, en el caso de Chile, y siempre se argumenta que es preferible que se enseñe inglés en el colegio, junto al castellano oficial, y que el catalán – o el aymara o el mapudungun- deberían ser relegados a la esfera de lo privado, porque el castellano y el inglés les permitirán batirse mejor en la vida práctica. No dejan de tener razón, sólo que se usa este pretexto como base para negar el cultivo profundo y pleno de la herencia lingüística propia. La lengua es la cultura viva, una cosmogonía que se explica en la forma de aplicar los tiempos verbales, o también en las historias que existen para explicar el sentido de los refranes o el nombre de las comidas. Es una estructura que se conjuga en pautas de interacción, saludos, sabores puestos en las maneras de servirse el desayuno, o en el punto de hierbas o de aceite que lleva cada preparado, y esta estructura tiene rincones que sólo pueden decirse propiamente con una palabra y no otra. Ya los traductores saben que su profesión es una quimera. Prohibir o dejar en segundo plano a una lengua, es intentar exterminar o desplazar al olvido cosmogonías y universos enteros, y quienes abogan por dejar su cultivo a la discreción de cuatro paredes, están interesados en transformar una cultura viva en una cultura de museo, para momificar así el habla de los hablantes.

Respetar una lengua y dotarla de un espacio para que se desarrolle y sea toda ella en la luz y el aire abiertos bajo el Sol o la Luna, es levantar los velos del silencio y del olvido impuesto de soslayo; es legitimar una cultura y rescatar, con ello, un conocimiento que es propio de la humanidad. En el caso de Chile, existe en este momento un destacado poeta en lengua mapuche, Elicura Chihuailaf, que ha sido traducido a varias lenguas europeas y que, me temo, su producción ha tenido más repercusión fuera que dentro de Chile. Una cosa que debería cambiar es la categorización que existe, en la cultura criolla chilena, de que lo “indio” es sinónimo de bruto, o primitivo en tanto poco evolucionado. Herederos como lo hemos sido de los prejuicios hispánicos que veían en el aborigen un ser inferior, tal pareciera que todo el entramado social que permite la movilidad está lleno de trampas y formalidades absurdas para los se llamen Catrileos o Collihuinca. Esto sería el equivalente de que un catalán no pudiese avanzar mucho en el camino de intentar tener una vida mejor, sólo porque su apellido catalán le delata, incluso en la misma Catalunya, como ciudadano de segunda.

En lo personal, no me ha tocado conocer producción literaria en aymara (que doy por hecho debe existir, como sería lo esperable y natural), pero sí en mapudungun (lamentablemente y haciendo eco de este mismo vacío educativo, no lo hablo así que tampoco puedo leerlo, aunque siempre lo he oído y no sólo en boca de los mapuche sino que, también, en el nombre de ciudades como Rancagua, o Temuco, o en el nombre de plantas, geografías, animales o comidas). Sabemos que en el caso de esta última lengua la elocuencia y, con ello, la poesía eran y siguen siendo una forma altamente respetada de expresión al interior de la comunidad.

Realmente sería, por lo menos, interesante escuchar poemas en aymara, o en quechua, o en pushto, o en malayalam. O en vasco, o en inuktitut o en kirguís. Una cosa que se ha ido perdiendo con la banalización y uniformización que nos ha impuesto la llamada globalización, es el sabor característico de los rincones, el pellizco de abuela en el pan, la ensalada o el buñuelo, reemplazándolos por comidas anodinas y palabras asépticas. Recuerdo en mi niñez una tarde de domingo con mis hermanos y mi madre, en un cerro. Era el inicio de la primavera, y recogíamos unas flores que tapizaban una ladera. Se llaman huillis. Años después, encontré la foto de las flores en una enciclopedia: les llamaban narcisos. Tienen un olor embriagante que perduraba por días en la casa, una vez habíamos instalado el ramillete en el florero. Esa fragancia siempre será para mí fragancia de huillis y no de narcisos. Huilli, voz mapuche. Cada vez que los menciono y los traslado a mi memoria, como una fresca y renovada evidencia de hierba de primavera, se me dibujan en el alma sonidos que ahora sé que sólo existen allí, floreciendo en la quebrada que va bajando de la boca a la ladera.

*Juan Claudio Álvarez.
Poeta chileno residente en España.  Es autor del libro “Tren a Mataró”.

Bookmark and Share

ARTICULOS RELACIONADOS

  1. A COPA ALZADA
  2. Pizarnik: demasiado pronto, demasiado joven
  3. Librodementira #21: Maravillas Pulgares – Carmen Berenguer
  4. Al reverso del silencio
  5. SER, HACERSE, DECIRSE
Tags: , , , , , , , ,
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (no hay votos todavía)
Loading ... Loading ...

2 comments
Leave a comment »

  1. muy bien …..

  2. Uhmmm, gran desafio el lenguaje. Personalmente me inclino porque se acepte todo en el terreno de la lengua, universalismo y particularismos, y ay cuando aparecen los racismos y otras yerbas parecidas……
    De cualquier modo, la lengua es un todo tan inabarcable que opto por ubicarme màs aca de este debate, vivo en una cultura otra, no chilensis, Eduardo Carrasco en “La revoluciòn y las estrellas ” habla de “transandinia” cuando da el estado de la cultura antes del 70 y la interrelacion fructifera de aquellos años entre chile, argentina, uruguay. En cuarenta años mucho cambió y se mediatizó, ¿seguiremos siendo los mismos ? tres paises que hablan español, tres identidades distintas,,,, da para romperse la cabeza pensando creo…….

Deja un Comentario

Maximum one link per comment. Do not use BBCode.