Benedetti: el más longevo y prolífico

Ene 16th, 2008 | By Roberto Lind | Category: Destacado, Reportajes

Mario Benedetti

Siguiendo la tradición italiana de los muchos nombres, Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia, nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, Uruguay. Un par de años después, le escribió un poema al hijo que nunca tuvo, en el que le prometía colgarle un único nombre; en lo posible, un monosílabo, “de manera que uno pudiera convocarlo con sólo respirar”. Con una lógica que nadie discute y después de un par de batallas contra la burocracia, Mario y “sus cuatro nombres más” Benedetti logró aferrarse a los extremos de su nombre oficial y suprimir todo el resto en documentos.

Benedetti residió en Paso de los Toros, junto a su familia, durante sus primeros dos años, para luego trasladarse a Tacuarembó por asuntos de negocios. Luego de una fallida estadía en ese sitio, donde fueron víctimas de una estafa, la familia se trasladó a Montevideo, cuando Benedetti tenía cuatro años. Allí cursó sus estudios primarios y los secundarios de forma incompleta. Desde los catorce años trabajó en la empresa Will L. Smith, S.A., repuestos para automóviles. Luego, en 1938, emigró a Buenos Aires, prolongando su estadía hasta 1941. Y a partir de aquel regreso comenzó a vivir del periodismo, cuando en 1945 se integró al equipo de redacción del semanario Marcha, donde logró llegar a ser director literario. Permaneció allí hasta 1974, año en que fue clausurado por la dictadura de Juan María Bordaberry. Benedetti partió al exilio; primero a Perú y luego a Madrid. Actualmente vive entre Montevideo y la capital española.

Las décadas fueron regando otros azares sobre Benedetti. Hoy su rostro luce mil arrugas y a veces sus fotografías más recientes develan una mirada que dice casi todas las historias: recorre los versos de Inventario y Viento del Exilio, acompaña los acordes de canciones como Por qué Cantamos y El sur También Existe; es el novelista de La Borra del Café, el cuentista de Montevideanos y La Muerte y Otras Sorpresas, el dramaturgo de Pedro y el Capitán, el ensayista de Perplejidades de fin de Siglo, el intelectual comprometido con causas que la razón no desconoce.

Este Benedetti, que transitó y transita todos los géneros posibles, supo anclar sus textos en la mayoría de los puertos que inquietan a la condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza. Y lo hizo de una manera tan simple y directa que miles de lectores lo convirtieron en su favorito. En medio de esa vastedad de prosa y verso, acumuló éxitos y afectos, miserias y exilios, errores y utopías.

Es probable que en Latinoamérica jamás un hombre pueda superar la interrelación entre longevidad y producción literaria de Mario Benedetti. Con 87 años, el autor de La Tregua tiene tantas publicaciones como años en el cuerpo. Hace diez días permanece internado en cuidados intensivos en Montevideo, producto de una gastroenterocolitis. Su situación es de “fragilidad” debido a su edad y a que “depende de los sueros” para compensar sus valores en sangre, comentó hoy María Brotos, encargada de la dirección técnica de Impasa, la clínica donde permanece el escritor.

Sin embargo, el uruguayo no cesa. Benedetti, quizá el referente vivo más importante de la literatura hispanoamericana, planea lanzar en abril su nueva producción poética: Testigo de uno Mismo. Y actualmente trabaja en un nuevo poemario que todavía no tiene título y que hace pocos días atrás lanzó como primicia en un contacto telefónico con la televisión cubana.

La Tregua

Benedetti ha afirmado que es un poeta que además escribe cuentos y novelas. Y pese a su filiación literaria, fue una novela su trabajo más célebre. La Tregua, publicada en 1960 y con más de 148 ediciones en la actualidad, ha llegado a ser tildada como emblemática. Y a 47 años de ser publicada, sigue siendo un testimonio psicológico y social conmovedor, aun cuando el propio Benedetti haya postulado que, sin duda, su mejor trabajo novelístico, precisamente no recae en la obra que se reseñará a continuación, sino en La Borra del Café (1992):

La cotidianidad gris y rutinaria, marcada por la frustración y la ausencia de perspectivas de la clase media urbana, impregna las páginas de esta novela, que, adoptando la forma de un diario personal, relata un breve período de la vida de un empleado viudo, próximo a la jubilación, cuya existencia se divide entre la oficina, la casa, el café y una precaria vida familiar dominada por una difícil relación con unos hijos ya adultos.

Martín Santomé inicia su diario de vida el 11 de febrero. Santomé tiene 49 años y está a seis meses y 48 días de jubilarse de su trabajo como contador en una casa importadora de repuestos para automóviles. Medita sobre el futuro que le espera cuando tenga tiempo libre: la jardinería, la guitarra o escribir. Es un hombre apagado y mantiene una relación distante con sus hijos. En la familia del protagonista caló hondo la muerte de Isabel, madre de los tres hijos de Santomé: Esteban, el mayor, Blanca y Jaime, el menor.

Durante el primer mes del diario, Santomé describe su trabajo rutinario, la relación con sus hijos y ciertos encuentros con viejos amigos. El 27 de febrero, tres nuevos empleados entraron bajo el cargo de Santomé: Alfredo Santini, Rodolfo Sierra y Laura Avellaneda. A esta última la describe siempre como Avellaneda, a quien no considera una mujer muy atractiva. Sin embargo, es en este momento donde el deseo sexual de Santomé cobra ribetes que rayan en lo obseso. Es cierto, el protagonista se obsesiona con la muchacha. Infinidad de veces intentó topársela “casualmente”, sin éxito, hasta que se encuentran y preparan una cita. Ambos personajes comienzan una relación discreta. Santomé renta un departamento y los encuentros sexuales de ambos son cada vez más serios y frecuentes.

La homosexualidad es levemente tocada en la novela. Jaime, el hijo menor de Santomé, le confiesa a su hermana que es homosexual. Ambos discuten y Santomé, finalmente, se entera. En tanto, Blanca sabe de la relación amorosa de su padre y lo apoya. Blanca y Avellaneda se vuelven amigas. La vida de Santomé se torna feliz. Las dos mujeres más importantes de su vida eran confidentes y hablaban de él.

Una tarde, Avellaneda no fue al departamento porque se sintió enferma. Santomé está totalmente enamorado y decide proponerle matrimonio. Los días pasan y Avellaneda no va a la oficina. El diario de vida se interrumpe el 23 de septiembre cuando Martín escribe “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Después de 4 meses, en enero, Santomé retoma su diario para reflexionar acerca de Avellaneda, pues debido a la gripe, ésta sufrió un ataque al corazón y murió.

Dios le concedido un destino oscuro a Santomé, por lo menos eso es lo que cree el personaje. Está empeñado en pensar que sus últimos meses fueron una tregua de la cual se resistió al principio por creer que eso pudiera ser felicidad. Otra vez Santomé está metido en su destino, más oscuro y triste que antes.

El 28 de febrero fue el último día de trabajo de Martín. Los cajones quedaron vacíos, pero en uno de ellos encontró la identificación de Avellaneda. La guardó en el bolsillo y abandonó su lugar de trabajo sintiéndose desgraciado. Dios había sido su más importante carencia, pero, en estos momentos, a ella la necesita más que a Dios. Se acabó la oficina y a partir del día siguiente hasta el día de su muerte el tiempo estaría a sus órdenes.

Esta historia fue llevada al cine en 1974 por Sergio Renán, con las actuaciones de Héctor Alterio y Ana María Picchio. Estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera.

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