Anton Chéjov: Doctor de Conciencias Rusas se Ofrece

Apr 29th, 2009 | By Ricardo Laguna | Category: Destacado, Opinión, narrativa

Junto a un hilo de agua casi imperceptible, hay una isba. En su interior una familia de mujiks (en ruso мужик, que significa hombre/campesino) se miran las caras sin entender porqué la tragedia se ha ensañado con el pequeño hijo del campesino. Los hombres de campo no quieren perder la fe en que podrán sortear este avatar.  La pareja tiene una última opción, han llamado un médico distinto que vendrá desde la capital, un galeno que a través de pequeñas historias es capaz de sanar a las personas. Un médico de nombre Anton Chéjov.

Anton Chéjov nació en 1860 en Taganrog, Ucrania. Proveniente  de una  familia humilde y numerosa. Desde niño demostró ser un estudiante sacrificado, lo que le permitió adjudicarse una beca para estudiar Medicina en Moscú. Para solventar sus gastos universitarios, comenzó a escribir pequeños relatos humorísticos. Estos serían los dos amores de Chéjov, su profesión de doctor y las letras. El propio escritor señalaría con su particular humor una frase para el bronce: “La medicina es mi esposa legal, la literatura mi amante”.

Fue precisamente esta “amante” quien  le entregó más satisfacciones.

Chéjov incursionó exitosamente como dramaturgo. Entre sus obras se destacan El jardín de los Cerezos, El tío Vania, La gaviota, obras que en la actualidad se presentan con éxito por diversas compañías teatrales demostrando que los problemas humanos planteados por Chéjov son universales y atemporales.

También ejerció como “periodista” y nos legó su dramático y certero “reportaje” sobre las paupérrimas condiciones de vida en la colonia penal de la Isla de Sajalín

Pero por sobre todo, Chéjov fue un cuentista. Y de los buenos. Thomas Mann destacó su importancia al señalar que: “lo breve y condensado en Chéjov puede superar en intensidad artística a lo grande, a la obra monumental”. Su prolífica  carrera se anota más de doscientos relatos e inspiró a una larga lista de escritores de la talla de George Bernard Shaw, Vladimir Nabokov, Ernest Hemingway, Richard Ford, Raymond Carver, entre muchos otros.

Quizás, esos escritores reconocieron en Chéjov una de sus grandes cualidades: golpear de entrada. Mientras Cortázar sugería que un cuento debe ganar por Knock Out, Chéjov prefiere un fuerte puñetazo a la ingle en el primer round.  Inolvidable es el inicio de La dama del perrito: “Decían que por el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: Una dama con un perrito. Dmitri Dmitriev Gurov, que llevaba en Yalta dos semanas y ya se había hecho al lugar, también empezó a interesarse por las caras nuevas”. Por su parte, en El pabellón número 6, el escritor ruso dibuja una tétrica acuarela: “En el patio del hospital se encuentra un pequeño edificio rodeado por todo un bosque  de malezas, ortigas y cañas. Su techo está herrumbroso, la chimenea medio derruida, los escalones de la entrada podridos y cubiertos de hierbas; y del estuco sólo queda un rastro”.

Otra de las grandes virtudes de Chéjov es describir con la precisión de un escalpelo las vidas, experiencias y sufrimientos de sus personajes anónimos. La lista de protagonistas de sus relatos es amplia, desfilan campesinos, cocheros, médicos rurales, orates de un manicomio, pequeños burgueses, militares, etc.  A todos ellos, sin excepción Chéjov les plantea dilemas morales. Por ejemplo, en el cuento Enemigos, un médico se niega a salvar la vida de la esposa de un hombre, dado que aquella misma noche ha muerto el único hijo del doctor ¿Debe respetar el galeno su propio luto personal o cumplir con el pacto hipocrático?

¿Qué cuentos leer de Chéjov? Para muchos “La dama del perrito” es el clásico indiscutible, pero son recomendables otros relatos. “El pabellón número 6″ es una narración descarnada e irónica sobre la sutil línea que separa la locura de la lucidez. “Enemigos” no sólo es majestuoso en la descripción de la loca carrera  del carruaje hacia la mansión de la  mujer “agonizante”, sino que en el final nos regala un giro sorpresivo. “Kashtanka” es un tierno cuento, casi infantil, que relatas las peripecias de un perro perdido. “La Tristeza” es la historia de un cochero que sólo busca que alguien escuche su drama: se ha muerto su hijo.

Cada relato cuenta una historia, un drama, una necesidad de una vida mejor, una ventana a que esas grises existencias se iluminen con un rayo de esperanza. Este rayo de esperanza es el que destaca Richard Ford en Chéjov: “nunca da a entender que la vida no merece la pena vivirla, ni nos hace sentir desorientados o demasiado en deuda con su genialidad. Por el contrario, pone su genialidad a nuestra altura y la acomoda a nuestra capacidad de comprensión, en un acto de empatía cuyo mensaje es que la vida es básicamente como la conocemos en nuestros esfuerzos para aceptarla y seguir adelante”.

Chéjov fue el vocero del hombre anónimo y sufriente, un literato que buscó en sus cuentos acoger y liberar a sus alicaídos compatriotas. El propio Chéjov confesó sus nobles intenciones: “Todo lo que quise fue decir honestamente a la gente: Mírense a ustedes mismos y vean que malas y monótonas son sus vidas. Lo importante es que la gente se dé cuenta de ello, porque entonces seguramente crearán para ellos mismos una vida distinta y mejor…Y mientras esa vida diferente no exista, seguiré diciéndole a la gente una y otra vez: por favor, comprendan que su vida es mala y monótona”

Sin embargo, la tuberculosis no distingue entre hombres nobles y malvados.  La enfermedad no perdonó a Chéjov y le ganó la batalla al escritor en 1904.  Si hubiera resistido un par de años, quizás hubiese ganado el Premio Nóbel como un justo reconocimiento a su labor literaria. Pero, tal vez, al gastado delantal médico de Chéjov no le hacían faltas las preseas literarias.  Ese delantal sin condecoraciones le daba al escritor un toque de sencillez y humildad que lo acercaba aún más  a sus queridos mujiks.

Los mujiks están radiantes de alegría. Las mejillas del pequeño enfermo han recuperado el color. Los padres invitan al médico-escritor a sentarse junto al fogón y le invitan un tacho con un gélido vodka. Pronto las voces de los campesinos se unen para cantar la balada Ochi chernye (Ojos negros).  Los mujiks están felices y Chéjov, también lo está,  nuevamente ha realizado su mejor labor de sanación: ser el vocero de la esperanza.

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