Pizarnik: demasiado pronto, demasiado joven
Jun 18th, 2009 | By Ricardo Laguna | Category: Destacado, Poesía, Portada
A la Pizarnik la “conocí” literariamente en México con un poema que aún hoy me provoca escalofríos: “El despertar”. Una oda a la oscuridad y al suicidio que terminaba con una línea desesperanzada: ¿Que haré con el miedo? Y bastó ese poema para despedazar un lugar común que era mi bandera de lucha: Chile, País de Poetas (Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Enrique Lihn, entre otros); Argentina, Nación de Narradores (Jorge Luis Borges, Julio Córtazar, Ernesto Sábato, Manuel Puig, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Roberto Arlt, Juan José Saer, etc). Por ello y después de leer a esa escritora de voz potente e imágenes sobrecogedoras, la Pizarnik, en mi vida, no podía pasar desapercibida…
Y Pizarnik, en su vida, nunca pasó desapercibida.
Alejandra Pizarnik nació en 1936. Hija de inmigrantes polacos debutó en la literatura a los 19 años con “La tierra más lejana”, un trabajo que posteriormente rechazó. En ese poemario, pero sobre todo en sus obras “La última inocencia (1956)” y “Las aventuras perdidas (1958)” ya se adivinaba una literata de otra estirpe. Su consagración llegaría casi una década después con “El árbol de Diana (1962)” y “Los trabajos y las noches (1965)”. Para ese entonces Pizarnik se relacionaba con gente de la talla de Julio Cortázar (de quien era su correctora personal), Octavio Paz (que prologó su libro “El árbol de Diana”) y Henri Michaux.
Sin embargo, y más allá de compartir ese círculo de luminarias literarias e intelectuales, había algo que nunca estuvo bien en la vida de Alejandra. A lo largo de su existencia convivió con demonios personales, espectros siquiátricos que le conversaban desde las sombras y que a veces acallaba con el abuso de pastillas. Este prontuario ha sido la bandera de lucha de quienes creen que el culto a Pizarnik, se debe más a su trágica vida que a su talento literario.
Uno de los escritores que han salido en defensa de Pizarnik es Cesar Aira. El autor de “Yo era una chica moderna”, no sólo ha sostenido que la poetisa es una de las voces más importantes de la literatura trasandina en el siglo XX, sino que también se ha dado el tiempo de hacerle justicia a Pizarnik: “con Alejandra se ha creado ese mito de la angustiada, de la sonámbula, de la pequeña náufraga, etc., etc., y toda la crítica que se hace sobre ella cae en ese campo metafórico, entra en el juego de ella y no le hace justicia a su obra. (…) Ella era una gran intelectual, una gran lectora, que tenía, claro está, problemas psicológicos, pero de allí a hacer hincapié en ellos y presentarla como una loca, al borde de una cornisa asomada al vacío, me parece totalmente erróneo e injusto”.
Y es justo reconocer a Pizarnik. Porque como escritora no sólo se dedicó a la poesía, sino también al teatro (Los poseídos entre lilas), a prologar obras de Antonin Artaud, a analizar Nadja de Bretón, a corregir Rayuela (extraviando el original por meses, ante el horror del padre de los Cronopios), a dedicarle extraordinarios textos a la Condesa Báthory, la drácula femenina, entre otras múltiples facetas.
Como poetisa, no sólo escribe de suicidios, muerte, desesperación y delirio, sino que también sobre el amor, sobre la ausencia del ser amado, el silencio, y la necesidad de utilizar el lenguaje como una herramienta para liberarse y dominar el canto absurdo de los demonios internos.
Lamentablemente Alejandra no pudo vencer a esos demonios. El 25 de septiembre de 1972, Pizarnik acabó con su vida ingiriendo cincuenta pastillas de Seconal. Minutos antes había escrito un poema en su pizarrón. En la última línea de esa oda plasmó su epitafio: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”.
Hoy Pizarnik esta más viva que nunca y el mundo editorial le ha rendido un merecido tributo publicando casi la totalidad de su obra literaria con libros como Prosa Completa (Lumen, 2002), Diarios (Lumen, 2004) y Poesía completa (Lumen, 2005). Un homenaje para una poetisa extraordinaria, que se fue demasiado pronto, demasiado joven.
Pizarnik es una de las grandes voces de la poesía argentina y latinoamericana y la reconozco como una de mis grandes influencias, de vez en cuando reviso sus poemas y descubro lo poco que he hecho en mi vida con respecto a mis miedos…



