Alberto Fuguet: Yo traje el mundo de la cultura pop

Mar 24th, 2008 | By Roberto Lind | Category: Entrevistas y Reportajes

Fuguet

Viene de filmar unas escenas para un corto en un avión que se dirigía a Santiago desde Concepción. Esos tiros de cámara fueron sin autorización. Fue lo primero que le comenta Alberto Fuguet (44) a Lind en el subterráneo del Starbucks de Pedro de Valdivia, mientras manipula su Mac portátil. Pequeño, plateado, costoso. Cierra programas, mueve el dedo índice para luego poner sobre las teclas la tela que protege la pantalla y cerrarlo por fin. Comenzaron a hablar, entonces.

A la derecha de Fuguet hay una botella de agua mineral a medio beber. Lind piensa que alguien vendrá a tomarle el pedido. Nada. Enciende la grabadora, simplemente. Y comienza preguntando lo básico: los primeros 13 años del escritor en California. Desde pequeño tuvo acercamientos con los libros. Cada vez me doy cuenta que tuve mucho más, dice. Sin embargo, no se consideraba un lector. La infancia se la pasó queriendo ser un beach boy bronceado, montarse en furgones playeros y lanzarse sobre una tabla y domar el Pacífico. Claro que Fuguet no lo menciona en ese momento, pero sí lo ha hecho en otras ocasiones. La lectura era una actividad más para un niño de la clase media californiana. Un día a la semana, y por turnos, algún padre del colegio gringo donde estudiaba se comprometía a llevar al grupo de estudiantes a la biblioteca. Eran dos horas donde leer se transformaba casi en un juego. Había algo muy entretenido que era competir con los amigos; si uno leía algo, el otro también lo hacía, dice. Comprábamos revistas, desde la Rolling Stone, que leían los mayores, hasta la Peanuts, y otra serie de novelas gráficas, casi comics, agrega. Sin embargo, el autor que más llamó la atención de Fuguet en EE.UU. fue Roald Dahl, con Charlie y la Fábrica de Chocolate y James y el durazno gigante.

Lo anterior fue en las bibliotecas californianas. Ya en Chile, y cursando séptimo básico, un amigo en el camino: Papelucho. Estaba muy botado, comenta Fuguet, sentía que era un compañero, a pesar que claramente era más chico que yo. Papelucho lo marcó. La creación más célebre de Ester Huneeus fue el único libro que entendió sin recurrir mayormente al diccionario. Me quedó marcado en el ADN, enfatiza. Y aunque en el colegio jamás intentó escribir algo, Fuguet reconoce que la génesis de su escritura estuvo allí: Almacené material en el colegio. Y lo pasaba bien cuando una profesora buena onda me hizo leer cosas que no sabía que existían. Entendí que la literatura también podía ser entretenida o peligrosa o lo que sea, afirma, mientras limpia sus anteojos.

Se propone un curso cronológico en la conversación: infancia, colegio, universidad. El descaseteo no será problema, piensa Lind; sin embargo, la estructuración va a quedar desenfocada, nada periodística. Porque Lind quiere centrarse en Mala Onda, pero en la universidad hay anécdotas y comentarios dignos de narrar. Roberto Lind, de la boca de Comparini y por televisión, escuchó que Fuguet era bien especial -digamos americano- para sus cosas. Según el ex conductor de Plaza Italia, el entonces estudiante de periodismo de la Universidad de Chile ocupaba guantes con los dedos cortados y era el único que comía en el McDonalds. A lo que Fuguet responde que se sentía muy chileno en ese momento y que lo de los dedos cortados era una estúpida moda New Wave, más inglesa: claramente nadie usa guantes en California porque hace calor. Error de percepción de Comparini, dice Fuguet un poco molesto. Además, si alguien tenía una vida McDonalds, ése era Comparini. Yo andaba metido en las protesta, espeta enseguida.

Y luego, sin una pregunta de por medio: Siempre he pensado que algo de lo que quiero escribir, y siento que es una novela que me falta para completar mi plan, es la universidad. Hay gente que se inventa una ciudad, como Macondo, sin ir más lejos; a mí me gustaría llenar los tiempos. He escrito desde los 80 en adelante, incluso, en Las Películas de mi Vida partí de los 60. Pero tengo el bache de la universidad. Allí me tocó vivir dos dictaduras que no sé cuál fue peor para mí. La primera es la de Pinochet que fue extremadamente grave y complicada para el país, para mí y para los alumnos de la universidad. Pero más de cerca y con la que sufrí mucho más fue con la del Partido Comunista. Realmente uno no sabía mucho dónde estar. En tercero llegó un tipo de Concepción con el pelo azul y con un peinado más loco que el tuyo, y la escuela y los partidarios y los dirigentes estaban escandalizados. Y más encima, el tipo era inteligente y de oposición. Y le decían el punk, algo que claramente no era punk. No se podía escuchar música en inglés, australiana, francesa, lo que fuera. Todo era Pablo Milanés. Mi problema era estético, ético e ideológico. Me parecía que tal como uno podía estar en contra de Pinochet, eso no implicaba estar en contra de Chile y su cultura. Los huevones confundían, trataban de que los lazos fueran con la ideología y no con la cultura en general. Eso era muy tonto. Era como ahora odiar la música colombiana.

Y después: Se ha comentado si se ha escrito la gran novela de la dictadura. Unos dicen que sí, otros que no. Creo que se ha escrito mucho. Yo no sé si se ha escrito la gran novela de la dictadura. Puede ser, pero no es tema mío. Aunque yo creo que Mala Onda es una buena novela sobre la dictadura.

La mala onda de Mala Onda

En el Starbucks la gente conversa distendida. Fuguet escogió un lugar alejado. Quizá nadie reparó en él. O quizá sí. No hay música. Sólo se escuchan voces y risas intermitentes. Nadie fuma. Está prohibido.

Fuguet, con 22 años, ingresó al taller de Antonio Skármeta. Allí se lanzó con un capítulo de algo que se llamaba El Coyote se comió al Correcaminos. Ese relato se transformaría en el primer capítulo de Mala Onda. Cuando finalizó de leer ese texto en el taller, lo despedazaron. Me mandaron a la chucha, dice. Si Skármeta no me hubiera defendido ese día, y no hubiera dicho: a mí me gusta por esto, por esto y por esto, yo me hubiera ido a mi casa prácticamente llorando. Porque fue tan mal cómo me recibieron mis compañeros, que nunca lo esperé. Creía, que a lo más, no les podía gustar. Pero me trataron pésimo, algo que a la larga agradezco, porque no fue muy distinto a cómo fue recibida la novela tres años después.

Básicamente, las críticas apuntaban a la conducta del protagonista: Matías Vicuña. Lo odiaban por cuico, lo odiaban porque no sabía quién era el Che Guevara. Y los compañeros de taller increparon a Fuguet, agresivamente: eres tú, eres tú, le decían. No, no soy yo, dijo Fuguet. Claramente ese personaje era Fuguet en algunas cosas. En ese momento, la reacción de los compañeros del joven aspirante a escritor, fue muy similar a la de la izquierda con la novela que fue editada en 1991. Y cosa curiosa, la opinión de la derecha no fue muy diferente. Algo que me provoca orgullo es que Mala Onda unió a la derecha y a la izquierda, a los conservadores y a los liberales; se explicita que no hay mucha diferencia entre los extremos, comenta Fuguet: lo que opinaba la derecha con el cura principal y la izquierda dura, era lo mismo: decadencia y más decadencia.

Vicuña, niño bien, consumidor de drogas duras y muy inteligente no responde, en su totalidad, a las características de Fuguet. Él lo sabe. Papelucho es la antesala del protagonista de Mala Onda. Sin duda. Uno de los títulos que Fuguet barajó en un comienzo para su primera novela fue: Papelucho Jalado. Qué pasaría si Papelucho tuviera 8 años más, dice Fuguet: Papelucho más ocho es igual a Matías Vicuña. Porque, claramente, alguien tan brillante, tan autoflagelante como Papelucho, si le agregas hormonas y años, se convierte en este niño decadente.

Otras de las influencias en la novela fue El Guardián entre el Centeno. La referencia a la novela de J. D. Salinger es pública. No la oculto ni me hago el leso, dice Fuguet. Una de las cosas que menos me gusta de Mala Onda es que Salinger sale más de la cuenta. Si tuviera la oportunidad de hacerla de nuevo, no lo pondría, agrega. Sin embargo, y pese a que hay otras situaciones que Fuguet quisiera borrar, siente que se ha reconciliado con la novela. Me cae muy bien Matías, y me gusta mucho su voz, dice. Pero lo que precede a la reconciliación fue el encono de los lectores y la crítica, algo que claramente menoscabó un tanto a Fuguet a principio de los 90.

La aparición de Mala Onda fue extremadamente ruidosa. Aunque se daba inicio a un fenómeno cultural, como la Nueva Narrativa, Mala Onda y la nueva camada de escritores son cosas distintas. Y claro, se tiende a confundir y a homogenizar. Mala Onda fue el blanco de muchos más dardos y mucha más polémica que el resto de la Nueva Narrativa. La Nueva Narrativa tuvo mucha venta, al igual que Mala Onda, pero fue tratada mucho mejor, cuenta Fuguet. Digamos Gonzalo Contreras. Él vendió mucho, pero la gente lo leía porque quería saber lo bueno que era. Mala Onda vendió mucho y la gente quería saber lo malo que era. Fuguet contribuyó a los malos comentarios. Hoy se arrepiente. Hubo tantas críticas negativas que yo le pedí a la editorial ponerlas en el libro: “el peor libro que se ha publicado en Chile”, “un cúmulo de decadencia”, “el personaje más repelente de la historia”. Era así. La novela se vendía con una franja que exhibía los comentarios de otros. Para Fuguet era un juego. Pero estaba molesto, enojado realmente. Me daba lata que me trataran tan mal, dice. Y la respuesta de la mala onda que generó Mala Onda, para Fuguet, es que su opera prima puso el dedo en la yaga. Hablé de cosas que la gente aún no estaba preparada para leer. ¿Qué cuenta Mala Onda, en definitiva?: que hubo gente cómplice en la dictadura, gente que la pasó bien; que hay un montón de chicos perdidos por ahí, que hay un montón de padres que se comportan como pendejos; que la droga estaba esparcida. Cosas que nunca se habían tocado, explica Alberto Fuguet.

Sería entretenido leer una actualización a la vida de Matías Vicuña. Sería entretenido saber cómo sigue la decadencia. O, mejor dicho, en qué termino la decadencia juvenil tras la pluma de Fuguet. Saber cómo reaccionaría esta vez la crítica y la lectoría. Y quizá el lector no esté tan lejos de presenciar una saga. Porque el escritor nacional en estos días baraja la posibilidad, tiene en mente, quiere, desea escribir sobre Matías Vicuña. Matías Vicuña 30 años después. O quizá 40.

Palabras al cierre

Fuguet entró a la escena literaria con alrededor de 25 años, cuando en 1990 se publica el conjunto de cuentos Sobredosis. Era una persona sin currículum literario. Fue la punta de lanza de un fenómeno social, sin embargo, como él mismo le asegura a Lind, no era el escritor joven que la gente esperaba. No era el discípulo de Neruda que andaba con un poncho, dice. Todo escritor quiere ser único, tener una visión distinta. Esa es la meta. Generalmente uno termina en eso. A mí me tocó más antes que después. Lo que ocurrió aquí es que fue muy pronto, yo ya estaba designado. Antes de ser Alberto Fuguet, yo me transformé en Fuguet. Y la gente ya hablaba de fuguetiano antes de que yo supiera cómo escribir el apellido. Es algo que tampoco hubiese querido, no se lo desearía a nadie. Pero la vida te toca como te toca y uno tiene que arreglársela, dice.

Traje aires de otras partes, de otras comunas. Traje una no-ideología, algo que es imperante hoy. La gente ya no se divide entre izquierda y derecha. Yo comencé con una nueva visión de las cosas. Yo traje el mundo de la cultura pop. Y Lind le cree. Se apaga la grabadora.

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3 comments
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  1. Muy interesante el articulo. Por estos dias estoy re-leyendo mala onda y nuevamente te transporta a una extraña sensacion, a la decadencia a mandar muchas veces todos a la misma mierda.
    Mala onda se puede leer en diferentes etapas de la vida, pero siempre te pasan cosas con ella, nunca te es indiferente.
    Soy estudiante de periodismo y llegue a esta entrevista, buscando el correo de fuguet, pero en ninguno de sus blog nadie se puede comunicar con el.
    Tengo ganas de hablarle de esto mismo, quizas este apestado por esta mala onda , pero la expresion es necesaria e importante en los seres humanos.Me encantaria poder hablar con el, mi correo es carolina.santana.opazo@gmail.com
    ojala puedan hacer algo por mi.
    suerte!

  2. y desde cuándo se estila escribirse en tercera persona como si el autor de la crónica se creyera martín vargas o carlos caszely. mal gusto, chico, muy mal gusto. pero además esto está todo inventado y no sólo eso, se nota, lo que no se puede permitir jamás si quieres escribir. buen trabajo en google, chico, bueno, bueno.

  3. Me gustó la nota. Fuguet siempre da tema para hacer una buena nota.
    Al igual que Hugo, me parece de mal gusto el protagonismo de quien hace la nota, es innecesario.
    Sin embargo, difiero en que la nota sea gracias al conocido buscador online.

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